Que algunos sabios del pasado predecían que al terminar cierto cálculo que por técnicas antiguas habría durado miles de años el mundo se iba a acabar, decían. Y fueron éstos por negocio puro a agilizarles el cálculo, escépticos de que así lo fuera. Huyeron antes de que el cálculo acabara, por temor a que al terminar éste no fuera a pasar nada sino lo de costumbre... Y que en su huida, en el momento en el que ellos mismos creyeron que habría terminado el cálculo, vieron apagarse una a una las estrellas...
Qué maravilla, las historias que cuentan el fin del mundo para los que aún no lo han vivido, como si importara el fin después del fin.
jueves, 10 de enero de 2013
viernes, 20 de enero de 2012
otra pa josealfredo
Decidió apartarse de todas las chingaderas que le envenenaron las arterias de sangre nueva y se fué de hermitaño a fermentar en su cuerpo sus propias memorias y despidió a causa de esto un aroma de vida añeja aún en la plenitud de su existencia y muchos como él pero menos meritorios vinieron a morar en su cercanía y lo siguieron a dondequiera que fuera y de hermitaño no le quedó más que la intención, porque tenía todo un pueblo de ellos pululando a sus alrededores y dijo al final, a una casi como él, sin más intenciones de quedarse entre ellos como las que tuvo al principio "¿pos no ves que me estoy muriendo, cabrona?".
viernes, 16 de diciembre de 2011
La Playa del Borrego
Aquella vez nos estaba cargando La Borrega en la playa de san Blas y, después de que nos salvaron de ahogarnos y nos pidieron que comentáramos sobre nuestra procedencia y el trabajo del salvavidas, nos dio vergüenza decir que eramos de Tepic y dijimos que eramos de Guanajuato y que no habíamos visto nunca el mar y que el susto no había sido tanto porque allá todos sabíamos que la vida no vale nada.
domingo, 4 de diciembre de 2011
La lluvia y todos los demás
Definitivamente no estaba listo para ver llover. Iba pensando en que se le iban las nostalgias de tiempos pasados y ya ni eso era capaz de producir la más mínima chispa de añoranza.
Parecía que la vida se ocupaba de llenar con el presente lo que tanto buscaba en el pasado y ese sentimiento no era cómodo en absoluto, porque perdía entonces la necesidad de recordar. Pero ese día iba caminando, justo mientras caía en la cuenta de que ya casi no se dedicaba a observar las imágenes de tiempos anteriores, se le vino la impresión de la lluvia del verano pasado de manera violenta y encima de todos los sentidos, atacando todos los tiempos verbales que podía conjugar y dejándolo, a pesar de todo, sin la posibilidad de articular palabar ninguna. Abrió la boca para expresar la hermosura del momento, pero no pudo hacer más que respirar una sola vez de manera apresurada y cayó de pronto en la cuenta de que era suspirar lo que estaba haciendo y que las memorias se encadenaban de manera tal que invocaban a la lluvia y que una vez que cayera la primera gota encima de su piel, sería verdaderamente un milagro si pudiera seguir recordando cualquier cosa, porque el vaivén de la sensación de estar viviendo aquí y ahora y allá entonces era tan brusco que daba la impresión de que el tiempo entero podía meterse y resumirse dentro de el instante mismo que estaba viviendo, aunque no pudiera precisar su ubicación. Pero a pesar del color oscuro de las nubes, no cayó ni una sola gota encima de él hasta que llegó al centro mismo del remolino de su pensamiento, donde se ubicaba la justificación auténtica del propósito de su vida, sin velos y sin disfraces, y desde donde se vertía en todos los sentidos las impresiones aleatorias que acababa cada quien por recibir.
Se dió cuenta entonces, justo antes de que tocara la gota de lluvia su antebrazo, que todos los demás existían en tanto él creía que lo hacían, que los recuerdos eran un lugar complicado del espacio y que era voluntario irse a habitar en ellos, pero que si se elegía hacerlo, se adquiría también la imposibilidad de saber que era éso lo que se estaba haciendo. Que cualquier momento era actual, sin importar si había ocurrido ya o si no ocurrría aún. Y que la lluvia no se compone de agua sino de las lágrimas de toda la gente que se sabe incomprendida y que no tienen otra opción, sino subir y bajar indefinidamente hasta el fin del ciclo del agua, porque la estupidez no es un síntoma que pueda curarse y la falta de entendimiento no se acaba mientras existan conciencias distintas.
Parecía que la vida se ocupaba de llenar con el presente lo que tanto buscaba en el pasado y ese sentimiento no era cómodo en absoluto, porque perdía entonces la necesidad de recordar. Pero ese día iba caminando, justo mientras caía en la cuenta de que ya casi no se dedicaba a observar las imágenes de tiempos anteriores, se le vino la impresión de la lluvia del verano pasado de manera violenta y encima de todos los sentidos, atacando todos los tiempos verbales que podía conjugar y dejándolo, a pesar de todo, sin la posibilidad de articular palabar ninguna. Abrió la boca para expresar la hermosura del momento, pero no pudo hacer más que respirar una sola vez de manera apresurada y cayó de pronto en la cuenta de que era suspirar lo que estaba haciendo y que las memorias se encadenaban de manera tal que invocaban a la lluvia y que una vez que cayera la primera gota encima de su piel, sería verdaderamente un milagro si pudiera seguir recordando cualquier cosa, porque el vaivén de la sensación de estar viviendo aquí y ahora y allá entonces era tan brusco que daba la impresión de que el tiempo entero podía meterse y resumirse dentro de el instante mismo que estaba viviendo, aunque no pudiera precisar su ubicación. Pero a pesar del color oscuro de las nubes, no cayó ni una sola gota encima de él hasta que llegó al centro mismo del remolino de su pensamiento, donde se ubicaba la justificación auténtica del propósito de su vida, sin velos y sin disfraces, y desde donde se vertía en todos los sentidos las impresiones aleatorias que acababa cada quien por recibir.
Se dió cuenta entonces, justo antes de que tocara la gota de lluvia su antebrazo, que todos los demás existían en tanto él creía que lo hacían, que los recuerdos eran un lugar complicado del espacio y que era voluntario irse a habitar en ellos, pero que si se elegía hacerlo, se adquiría también la imposibilidad de saber que era éso lo que se estaba haciendo. Que cualquier momento era actual, sin importar si había ocurrido ya o si no ocurrría aún. Y que la lluvia no se compone de agua sino de las lágrimas de toda la gente que se sabe incomprendida y que no tienen otra opción, sino subir y bajar indefinidamente hasta el fin del ciclo del agua, porque la estupidez no es un síntoma que pueda curarse y la falta de entendimiento no se acaba mientras existan conciencias distintas.
lunes, 28 de noviembre de 2011
La liebre y la tortuga.
Cuando me enseñaron la fábula de la liebre y la tortuga no me dijeron cuál era la moraleja. siempre pensé que se enfocaba en la deshonestidad de la tortuga, en la competencia desleal, en la alevosía... ahora me entero que se trata de algo más cotidiano: el respeto al sueño de cualquiera (putos zancudos: lean y aprendan).
jueves, 10 de noviembre de 2011
Dicotomías de esencia.
De moverse hacia donde aumente la comodidad ha de consistir la vida, desde que empieza hasta que termina. De aguantarse la vejez hasta que deje de ser su incomodidad tolerable, ha de tratarse la muerte.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Las aguas preciosas.
El amor comenzó y terminó la vez en que fueron a nadar juntos a la playa donde se descubrió la suerte en su estado más pobre: una variedad de perlas que habitaban dentro de las conchas fosforescentes que se ocultaban en las raíces del arrecife. Los que poblaban los alrededores ignoraban todavía que las aguas eran engañosas a causa de las perlas que eran en efecto una expresión pobre del placer, pero las consumían y opinaban que era la expresión máxima de éste porque no sabían mentir, y también porque las habían extraído de escasa profundidad.
Aquél día salió ella del agua porque le había sobrado ya algo de sol en la piel y decidó él quedarse porque comenzaba a sentir en los pies el cosquilleo insólito de los agrados que existen sólo en la imaginación de los hombres, pero que venía de una corriente imprevista que ascendía desde el fondo del arrecife. Fue así que mientras ella salía batiendo las piernas por encima del agua, se confundió él con la manera de alcanzar la satisfacción a la que le urgían sus entrañas y en vez de nadar a toda prisa y encontrarla en la orilla, saliendo apenas, le dió por sumergirse sin pensarlo ni media vez, y empezó a sentir la fosforescencia que emanaba el interior de las conchas que poblaban la región donde se une el incipiente talud con la sabrosura de la vida, en el vértice donde convergen las corrientes, las ideas, los deseos y la espuma; ahí de donde son originarios los sueños.
Y ocurrió que comenzó a hallar el delirio multisensorial al hundirse en las aguas perfumadas de la bahía y no pensó nunca en detener la inmersión. El placer parecía entrar por efecto de la presión en sus poros y cada brazada lo aumentaba y cada brazada disminúia a su vez la cantidad de oxígeno que quedaba dentro de sus venas, pero la diferencia de las intensidades de los placeres ganados y perdidos seguía siendo todavía mucho más que nada. Y así, por lo tanto, siguió sumergiéndose en las aguas engañosas de la bahía que se nutrían de las mentes de los que habían perdido ahí la vida, a manos de la belleza estúpidamente creciente de un agua que comenzó siendo por azares de la creación, siendo simple e increíblemente translúcida y con tonos ligeramente añiles se fue destiñendo de color, pero ganando luminiscencia desde el día en que un pez tonto se ensartó un pedazo de coral en el ojo, y desde entonces nació -aunque tonta- la inteligencia y no hizo más que crecer a base del buen gusto que tenían las aguas de la bahía. Ellas lo sabían: ella volvería nadando a buscarlo.
Aquél día salió ella del agua porque le había sobrado ya algo de sol en la piel y decidó él quedarse porque comenzaba a sentir en los pies el cosquilleo insólito de los agrados que existen sólo en la imaginación de los hombres, pero que venía de una corriente imprevista que ascendía desde el fondo del arrecife. Fue así que mientras ella salía batiendo las piernas por encima del agua, se confundió él con la manera de alcanzar la satisfacción a la que le urgían sus entrañas y en vez de nadar a toda prisa y encontrarla en la orilla, saliendo apenas, le dió por sumergirse sin pensarlo ni media vez, y empezó a sentir la fosforescencia que emanaba el interior de las conchas que poblaban la región donde se une el incipiente talud con la sabrosura de la vida, en el vértice donde convergen las corrientes, las ideas, los deseos y la espuma; ahí de donde son originarios los sueños.
Y ocurrió que comenzó a hallar el delirio multisensorial al hundirse en las aguas perfumadas de la bahía y no pensó nunca en detener la inmersión. El placer parecía entrar por efecto de la presión en sus poros y cada brazada lo aumentaba y cada brazada disminúia a su vez la cantidad de oxígeno que quedaba dentro de sus venas, pero la diferencia de las intensidades de los placeres ganados y perdidos seguía siendo todavía mucho más que nada. Y así, por lo tanto, siguió sumergiéndose en las aguas engañosas de la bahía que se nutrían de las mentes de los que habían perdido ahí la vida, a manos de la belleza estúpidamente creciente de un agua que comenzó siendo por azares de la creación, siendo simple e increíblemente translúcida y con tonos ligeramente añiles se fue destiñendo de color, pero ganando luminiscencia desde el día en que un pez tonto se ensartó un pedazo de coral en el ojo, y desde entonces nació -aunque tonta- la inteligencia y no hizo más que crecer a base del buen gusto que tenían las aguas de la bahía. Ellas lo sabían: ella volvería nadando a buscarlo.
martes, 8 de noviembre de 2011
Divergencias.
-...es que hay cosas que hacen daño y no duelen... - No seas pendejo -le interrumpió.
-Y hay cosas que duelen y no hacen daño -quiso terminar, pero a mitad de la palabra 'hacen' le interrumpió de nuevo y por última vez con dos chingadazos.
-No seas puto -le dijo- y se fue.
viernes, 21 de octubre de 2011
Horizontal.
Las superficies horizontales son una tentación irresistible. Siempre están invitándonos a iniciar el desorden. Siempre están recordándonos que, a fin de cuentas, ahí es donde terminan las cosas.
martes, 26 de abril de 2011
Dueña del paisaje
Sentada al borde del estanque era dueña de todo lo que miraba. Fue así como supo él que lo había mirado aunque fuera un momento y sin prestarle atención. Parecía que era ella la única capaz de mirar en todo el mundo, y miraba además dentro de él... Tenía ella alguna característica que hacía recaer en sus hombros la atención de todos sus alrededores.
Nunca se sintió una protagonista. De hecho en el momento mismo en el que se cruzaron sus miradas, pensaba ella que era sólo parte del paisaje que miraba él y no tardó en desenfocarse a causa de la inexplicable vergüenza, ignorante de que marcaba con hirviente profundidad todo lo que miraba, de que el paisaje le pertenecía como consecuencia de esta rara propiedad y de que tenía ya cuanto podría llegar a querer por el hecho solo de estar sentada y con los ojos abiertos ahí, solita al borde del estanque.
Nunca se sintió una protagonista. De hecho en el momento mismo en el que se cruzaron sus miradas, pensaba ella que era sólo parte del paisaje que miraba él y no tardó en desenfocarse a causa de la inexplicable vergüenza, ignorante de que marcaba con hirviente profundidad todo lo que miraba, de que el paisaje le pertenecía como consecuencia de esta rara propiedad y de que tenía ya cuanto podría llegar a querer por el hecho solo de estar sentada y con los ojos abiertos ahí, solita al borde del estanque.
martes, 12 de abril de 2011
y otra vez...
De practiquísima y ecológica escuela, Maruja daba por sentado sin dar lugar a objeciones que, si bien podrían ser ciertos los consuelos del tipo "no, Maru... ese imbécil no merece tus lágrimas" que le ofrecían sus sus amigas, una vez derramadas éstas, el menor de los errores consecutivos era no ir directamente a buscar un imbécil nuevo. Consecuentemente, se defendía, según su propia impresión, con solemnidad ortodoxa: 'Reciclar es enamorarse otra vez de la misma persona'...
sábado, 19 de febrero de 2011
Y nos reíamos.
El elixir no tenía materia. Pasaba por nosotros con la mayor ligereza, tan veloz como los recuerdos a los que no atribuimos importancia alguna. Pero estaba en todas partes, el elixir. Me parece que sabíamos todos de dónde venía, pero nos negábamos a comentarlo por miedo a que alterara su curso. Me parece que en realidad no sabíamos nada.
Estaba en todas partes, eso sí; pero entonces no podíamos notarlo con claridad. ¿Cuántas cosas hay que están en todas partes? Son incontables -decíamos y seguimos diciendo- y proponíamos variados candidatos: que las piedras, que el aire, que los corazones, que las presencias...
Sufríamos la huella atroz del presente. Estabamos mirando changos con trinchete y nos importaba poco porque no tenían materia, como el elixir... Alguna propiedad misteriosa ha de tener ese elixir, además de la extraordinaria excepcionalidad de no tener materia, que hace daño y provoca risas.
Estaba en todas partes, eso sí; pero entonces no podíamos notarlo con claridad. ¿Cuántas cosas hay que están en todas partes? Son incontables -decíamos y seguimos diciendo- y proponíamos variados candidatos: que las piedras, que el aire, que los corazones, que las presencias...
Sufríamos la huella atroz del presente. Estabamos mirando changos con trinchete y nos importaba poco porque no tenían materia, como el elixir... Alguna propiedad misteriosa ha de tener ese elixir, además de la extraordinaria excepcionalidad de no tener materia, que hace daño y provoca risas.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Y creían que era amor
Antes de que cortaran las comunicaciones acostumbraban retozar en la cama, en noches de horas larguísimas en las que saciaban el hambre devorándose la piel. Antes de cortar la comunicación no se engañaban entre ellos todavía, sino sólo a sí mismos, creyéndose de veras que las nubes eran producto de la violencia de su aliento. En noches tales, reafirmaban su condición de cuadrúpedos los muebles de la casa, esbozando la vida en latidos secos y chillidos gatunos que nacían por obra del vaivén de las caderas de ellos.
Antes de revolverlos otra vez el destino en una pasión explosiva y condenatoria, los dejó que anduvieran cada uno por su lado durante década y media. No es que se dejaran llevar por la corriente, porque durante un tiempo lograron resistir las llamadas concupiscentes de sus ojos y el veneno enmielado de sus voces, pero las fuerzas no les duraron demasiado. En medio del éxtasis profundo que ocasionaba su cercanía, marcaron todos los gemidos que salían de sus gargantas con sus nombres e involucraron todos sus poros en el intercambio de algo que desconocían y creían que era amor.
La fiebre pasó a los dos inviernos y los muebles de la casa fueron quedándose mudos sin que ellos lo notaran. Les tomó otros dos inviernos darse cuenta de que estaban condenados, porque se dieron cuenta por medio de la experimentación que sus sudores eran ya uno solo y que todas las noches por venir se sobrepoblaban con un nombre que se ya había vuelto inasible. Todas las noches del mundo, si no eran de ambos, no eran de nadie.
Antes de revolverlos otra vez el destino en una pasión explosiva y condenatoria, los dejó que anduvieran cada uno por su lado durante década y media. No es que se dejaran llevar por la corriente, porque durante un tiempo lograron resistir las llamadas concupiscentes de sus ojos y el veneno enmielado de sus voces, pero las fuerzas no les duraron demasiado. En medio del éxtasis profundo que ocasionaba su cercanía, marcaron todos los gemidos que salían de sus gargantas con sus nombres e involucraron todos sus poros en el intercambio de algo que desconocían y creían que era amor.
La fiebre pasó a los dos inviernos y los muebles de la casa fueron quedándose mudos sin que ellos lo notaran. Les tomó otros dos inviernos darse cuenta de que estaban condenados, porque se dieron cuenta por medio de la experimentación que sus sudores eran ya uno solo y que todas las noches por venir se sobrepoblaban con un nombre que se ya había vuelto inasible. Todas las noches del mundo, si no eran de ambos, no eran de nadie.
martes, 5 de octubre de 2010
Creo...
Creo que alcancé a ver tu sombra escurrirse bajo la rendija de luz que queda al filo de la puerta. No siento que hubiera forma de alcanzarla porque el tiempo se encogió en el instante y se extendió en el recuerdo. Creo que tus ojos no habrían sido visibles ni aunque los hubiera tenido en frente. Creo que ya ni tus labios podían igualar el tumulto sordo que se desprendía del desasosiego de tus pasos. Creo que no había sonidos y que no había colores. Creo que no eran mis piernas ni mis manos las que estuvieron tan entumidas como para no poder alcanzarte; creo que era el pensamiento, que empezó a congelarse desde entonces.
Creo sinceramente que me quedé a habitar la imagen estática de tu compañía. Creo que, en el mejor de los casos, deambulo cíclicamente en intervalos cortísimos de tiempos que nos pertenecieron a los dos. Creo que soy incapaz de resumirte porque no he terminado contigo. Creo que sigo sin poder capturar la belleza a primera vista.
Creo que me he desprendido de mi equipaje. Creo que he perdido el abrigo y que arriba se desvanece el techo y da lugar al cielo. Creo sentir la brisa que disuelve tu presencia. Creo que estoy clavado al suelo y que esto es la intemperie.
Creo sinceramente que me quedé a habitar la imagen estática de tu compañía. Creo que, en el mejor de los casos, deambulo cíclicamente en intervalos cortísimos de tiempos que nos pertenecieron a los dos. Creo que soy incapaz de resumirte porque no he terminado contigo. Creo que sigo sin poder capturar la belleza a primera vista.
Creo que me he desprendido de mi equipaje. Creo que he perdido el abrigo y que arriba se desvanece el techo y da lugar al cielo. Creo sentir la brisa que disuelve tu presencia. Creo que estoy clavado al suelo y que esto es la intemperie.
lunes, 20 de septiembre de 2010
Soñé en púrpura
Soñé purpúreo otra vez. Dormí sin pensar que me engañaba, porque hacía meses que me había acostumbrado a la idea. Si uno estuviera dispuesto de veras a engañarse tendría que hacerlo bien -pensé esa vez- olvidando hasta el momento en que uno lo decidió. Supongo que lo hice así, porque juro que no recordaba el principio.
Comenzó como hace años, dejando sentir el abrazo del espíritu de una cama querida pero ajena y sintiendo la vida desarrollarse en las habitaciones contiguas. Lo invariante era el desinterés en todo lo que no fuera el sudor que trae la fiebre de extrañar a alguien.
Balanceándome entre la inconciencia y tu recuerdo volví a ver tus encajes violeta y todo el sueño fueron paisajes nocturnos.
Naufragué otra vez en las corrientes de tu pecho y tú, que tienes la propiedad de evaporarte con más facilidad en sueños, te volviste malvada, hada de la noche, y fuiste metiéndote dentro de todos mis poros.
En mi cabeza no había nada más que tus encajes violeta y tu cuerpo entero estaba cada una de mis manos y en tu lengua, nuestra historia como una vereda. Tu piel estaba en llamas porque afuera había relámpagos con luna llena y adentro de ti estaba yo y ahora estaba también alrededor tuyo y estaban tus caderas espolvoreándome entero de tu escencia violeta y acabé con los labios amoratados y entendí que la intención perpetua de las ceniza había sido siempre ser púrpura, pero que no había logrado ganarse el derecho a diseminar por el mundo la incompletitud de la que están hechos los misterios, porque esa era ya tarea de la combinación prodigiosa de tus besos y tu mirada.
Desperté en medio de la noche con cenizas en las manos y tu recuerdo en las papilas. Era tu ausencia la única certeza y quise alcanzarte otra vez en sueños, pero en el viento se sentía la quietud que le seguía a tu silencio y no pude ya volver a dormir.
Comenzó como hace años, dejando sentir el abrazo del espíritu de una cama querida pero ajena y sintiendo la vida desarrollarse en las habitaciones contiguas. Lo invariante era el desinterés en todo lo que no fuera el sudor que trae la fiebre de extrañar a alguien.
Balanceándome entre la inconciencia y tu recuerdo volví a ver tus encajes violeta y todo el sueño fueron paisajes nocturnos.
Naufragué otra vez en las corrientes de tu pecho y tú, que tienes la propiedad de evaporarte con más facilidad en sueños, te volviste malvada, hada de la noche, y fuiste metiéndote dentro de todos mis poros.
En mi cabeza no había nada más que tus encajes violeta y tu cuerpo entero estaba cada una de mis manos y en tu lengua, nuestra historia como una vereda. Tu piel estaba en llamas porque afuera había relámpagos con luna llena y adentro de ti estaba yo y ahora estaba también alrededor tuyo y estaban tus caderas espolvoreándome entero de tu escencia violeta y acabé con los labios amoratados y entendí que la intención perpetua de las ceniza había sido siempre ser púrpura, pero que no había logrado ganarse el derecho a diseminar por el mundo la incompletitud de la que están hechos los misterios, porque esa era ya tarea de la combinación prodigiosa de tus besos y tu mirada.
Desperté en medio de la noche con cenizas en las manos y tu recuerdo en las papilas. Era tu ausencia la única certeza y quise alcanzarte otra vez en sueños, pero en el viento se sentía la quietud que le seguía a tu silencio y no pude ya volver a dormir.
jueves, 9 de septiembre de 2010
Sin ataduras.
Sin experimentar ningun sentido de pertenencia, sin establecer ligaduras que gangrenen; incondicional y unilateralmente, amar; no amarrar.
martes, 24 de agosto de 2010
Si te vas
Si te vas, haz el favor de envolver los recuerdos que tienes conmigo, llevártelos y no abrirlos.
Si me voy yo, ocúpate por favor de envolverlos de la misma manera y enterrarlos.
Si nos vamos los dos, concédeme el placer de dispersarlos debajo del colchón, para que todas las historias que tuvimos sin ataduras se evaporen al calor de otros cuerpos, aunque quizá luego sea uno de ellos el tuyo.
Si me voy yo, ocúpate por favor de envolverlos de la misma manera y enterrarlos.
Si nos vamos los dos, concédeme el placer de dispersarlos debajo del colchón, para que todas las historias que tuvimos sin ataduras se evaporen al calor de otros cuerpos, aunque quizá luego sea uno de ellos el tuyo.
lunes, 23 de agosto de 2010
martes, 17 de agosto de 2010
Vámonos
Las ganas de escapar, el futuro entero, desde el comienzo del tiempo, cabían en una botella de oporto.
Nosotros nos saboreamos mientras duró la oscuridad. No paramos de aprehendernos con la piel, de engancharnos con la lengua, de jugar a aislarnos de todo lo demás.
Compartimos la última gota de vino en tus labios antes de rendirnos al sueño.
Despertamos dos horas después dentro de una cajita de música, con el sol que entraba sin filtrarse en nuestras pupilas y con la ilusión en los tobillos, porque llegó la luz a enseñarnos que las noches nuestras, no por rebosar de magia se vuelven menos esporádicas y que, por eso, vienen seguidas invariantemente de un amanecer tan colmado de angustia que la derrama y de la más soporífera de las desesperanzas.
Nosotros nos saboreamos mientras duró la oscuridad. No paramos de aprehendernos con la piel, de engancharnos con la lengua, de jugar a aislarnos de todo lo demás.
Compartimos la última gota de vino en tus labios antes de rendirnos al sueño.
Despertamos dos horas después dentro de una cajita de música, con el sol que entraba sin filtrarse en nuestras pupilas y con la ilusión en los tobillos, porque llegó la luz a enseñarnos que las noches nuestras, no por rebosar de magia se vuelven menos esporádicas y que, por eso, vienen seguidas invariantemente de un amanecer tan colmado de angustia que la derrama y de la más soporífera de las desesperanzas.
domingo, 8 de agosto de 2010
Entomólogo II (de cómo me encontraron)
No todo el tiempo fui un insecticida. Después de la segunda infancia decidí asumir una actitud más bien pacífica hacia los insectos. Me asustaban tanto los reptiles que ninguna ambición tenía por temer. Y entrado en la adolescencia aprendí algunas de las ventajas de la muerte y supe que no tendría ninguna escapatoria si los insectos decidieran alguna vez atacarme. La clave era que, al vivir menos tiempo, evolucionaban más a prisa.
Toda la vida he sido un cabeza dura. Dura como el caparazón de los escarabajos. Llegué a creerme inmune a sus ataques por estar compuesto de la misma materia primitiva, pero ellos no parecieron reconocer esta similitud como un lazo familiar; tampoco lo hicieron cuando traté de explicarles que las células que nos formaban eran similares. Aunque nunca me atacaron todos al mismo tiempo, nunca me creí que fuera por una cuestión de debilidad propia de los invertebrados, ni de la intimidación que yo podría provocarles. Sospechaba, aunque no la reconociera, una suerte de guerra de desgaste en todos sus movimientos.
Hasta antes de que el alacrán me encontrara siempre me jacté de lograr correr más a prisa de lo que los insectos podían perseguirme. Me mudé en varias ocasiones y tan seguro me sentí que cometí un descuido: una noche que había sido mágica acabó siendo inconcientemente devastadora. Tuve la mala fortuna de inundar un nido de arañas y que sobrevivieran algunas. Me siguieron a mi casa.
Toda la vida he sido un cabeza dura. Dura como el caparazón de los escarabajos. Llegué a creerme inmune a sus ataques por estar compuesto de la misma materia primitiva, pero ellos no parecieron reconocer esta similitud como un lazo familiar; tampoco lo hicieron cuando traté de explicarles que las células que nos formaban eran similares. Aunque nunca me atacaron todos al mismo tiempo, nunca me creí que fuera por una cuestión de debilidad propia de los invertebrados, ni de la intimidación que yo podría provocarles. Sospechaba, aunque no la reconociera, una suerte de guerra de desgaste en todos sus movimientos.
Hasta antes de que el alacrán me encontrara siempre me jacté de lograr correr más a prisa de lo que los insectos podían perseguirme. Me mudé en varias ocasiones y tan seguro me sentí que cometí un descuido: una noche que había sido mágica acabó siendo inconcientemente devastadora. Tuve la mala fortuna de inundar un nido de arañas y que sobrevivieran algunas. Me siguieron a mi casa.
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