La mañana siguiente a la noche en que maté a la mariposa negra llegaron otras dos. Uno nunca las escucha llegar. Vienen del humo de las fábricas, creo yo, y creo que las nubes de las tormentas están formadas de mariposas negras.
El asco de todo el mundo se concentra en unas pocas cosas, creo yo; pero hay quienes creen que va de gustos a gustos y yo nunca he estado conforme, o he estado conforme muy a mi pesar de que ellos tengan razón. El pesar produce asco también, pero de eso uno no se da cuenta hasta que llega a arremeter contra tus ventanas una tormenta de mariposas negras.
La noche de la víspera de la tormenta yo peleé a muerte con esas dos que llegaron después de que maté a la primera. Ellas colmaban el aire de su presencia nauseabunda y yo las golpeaba con un periódico viejo mientras me cubría la cabeza de la pobredumbre en polvo que dispersaban con sus alas. Pueden ser grandes, las mariposas negras. Esa noche no habían crecido todo lo que podían, pero cuando llegó la tormenta había miles de ellas y de todos los tamaños. Yo no sabía que por cada mariposa muerta se gestaban dos alacranes y otras cuatro mariposas que llovían en los lugares más desafortunados del mundo. En medio de la desesperación, en medio de un abrazo asqueroso de mariposa negra, de una tan grande como mi cama, abrí mi navaja, cerré las ventanas e incendié mi casa. Destacé a la mariposa que me abrazaba y dormí a salvo de cualquier llovizna bajo el tunel de Santa Fe. Tampoco sabía en ese tiempo que las mariposas negras no eran en realidad el diablo en persona y que en realidad habían tenido la mala suerte de nacer negras y asquerosas. Yo las mataba por oficio, en defensa de la propia comodidad.
Al último verano de mi estancia en las tierras limítrofes del trópico siguieron tiempos mejores. Tierras mejores, para ser exactos: áridas. Renegaba por la espinosa vegetación pero bendecía la escacez de los insectos.
Una tarde amarilla, en un parpadeo, llegó la reina ultrajada de las mariposas a hacer las paces conmigo. Se posó majestuosa sobre mi taza de café y yo, furibundo a causa del recuerdo del asco, la maté sin ver el dorso de sus alas y sin saber que era monarca.
viernes, 23 de julio de 2010
jueves, 20 de mayo de 2010
Bailando a contraluz
Hay una costa secreta poco antes de llegar a las islitas. Yo se que la has visto en los días en los que el agua es entre turquesa y transparente, pero dudo que la hayas visto al finalizar el segundo atardecer del día, porque también el segundo atardecer y las carreteras que llevan a él, están ocultos tras de una rendija brevísima de tiempo. Me gustaría llevarte un día, pero te rompería el corazón ver la costa manchada de petróleo.
Me gustaría llevarte, pero ciertamente te quedarías hueca en los latidos cuando vieras las palmeras incendiarse y teñir de rojo el escenario de tus sueños. Seguro que te quedarías clausurada en el placer de respirar cuando vieras las cosas deformarse como se deforman al ras de la arena del desierto o al filo de las llamas. Me encantaría que tomaras conciencia de la artificialidad de la destrucción de la costa que se oculta tras la rendija breve del tiempo que existe al final del primer atardecer, pues de acuerdo a lo que yo vi, el incendio entero es un juego de iluminación, el derroche de la utilería más fina para sumarle intensidad al resplandor del sol que roza el mar; pero no creo que te fuera posible hacerlo, porque lo que yo vi después de reponerme del susto primero fue tu silueta bailando desnuda, adivino, sumida en el trance a contraluz desde cualquier ángulo en que se mirara, comiéndose la claridad que llegaba de todas direcciones y, cualquiera que fuera el aumento en la candela del sol o del incendio, resultaba insuficiente ante el hambre permanente de la voluptuosidad de tu danza, que opacaba todos los alrededores y mantenía en secreto el lugar, quizás, hasta de tu mirada.
Me gustaría llevarte, pero ciertamente te quedarías hueca en los latidos cuando vieras las palmeras incendiarse y teñir de rojo el escenario de tus sueños. Seguro que te quedarías clausurada en el placer de respirar cuando vieras las cosas deformarse como se deforman al ras de la arena del desierto o al filo de las llamas. Me encantaría que tomaras conciencia de la artificialidad de la destrucción de la costa que se oculta tras la rendija breve del tiempo que existe al final del primer atardecer, pues de acuerdo a lo que yo vi, el incendio entero es un juego de iluminación, el derroche de la utilería más fina para sumarle intensidad al resplandor del sol que roza el mar; pero no creo que te fuera posible hacerlo, porque lo que yo vi después de reponerme del susto primero fue tu silueta bailando desnuda, adivino, sumida en el trance a contraluz desde cualquier ángulo en que se mirara, comiéndose la claridad que llegaba de todas direcciones y, cualquiera que fuera el aumento en la candela del sol o del incendio, resultaba insuficiente ante el hambre permanente de la voluptuosidad de tu danza, que opacaba todos los alrededores y mantenía en secreto el lugar, quizás, hasta de tu mirada.
lunes, 10 de mayo de 2010
En la cima del mundo.
Dentro del nimbostrato todas las Marías son Magdalenas, todos los nombres hacen referencia al centro de la lluvia y el lenguaje es innecesario, o al menos invisible.
Dos kilómetros y medio debajo de la nube, todas las cosas empiezan a separarse y se vuelve evidente que la luz viene de un único sitio, típicamente lejano. Los cimientos de la Torre de Babel son de agua y las precipitaciones van dando lugar a sus múltiples pisos. Cuanto más cerca del suelo, más vertiginoso resulta poner los pies sobre ellos y más difícil se vuelve comunicarse. Fuera de la nube, la fantasía se llama locura y la mujer se llama de cualquier forma, pero no Magdalena, porque Magdalena cayó subiendo por la Torre y se detuvo aterrorizada a dos centímetros del suelo y vivió desde entonces levitando, con la fe indestructible de experimentar la mayor cantidad de placeres primitivos para purificar primero el alma y llevarse el cuerpo al cielo después. Pero tan pantanoso era el fondo de su fe, que el oxígeno que la elevaba al nimbostrato se gastaba de inmediato en suspiros, y decidió entonces Magdalena renunciar al cuerpo y llamarse niebla, privando a cualquier mujer de la posibilidad de llamarse como ella y confirmando que la gravedad sólo jala a las cosas por el peso su nombre.
Dos kilómetros y medio debajo de la nube, todas las cosas empiezan a separarse y se vuelve evidente que la luz viene de un único sitio, típicamente lejano. Los cimientos de la Torre de Babel son de agua y las precipitaciones van dando lugar a sus múltiples pisos. Cuanto más cerca del suelo, más vertiginoso resulta poner los pies sobre ellos y más difícil se vuelve comunicarse. Fuera de la nube, la fantasía se llama locura y la mujer se llama de cualquier forma, pero no Magdalena, porque Magdalena cayó subiendo por la Torre y se detuvo aterrorizada a dos centímetros del suelo y vivió desde entonces levitando, con la fe indestructible de experimentar la mayor cantidad de placeres primitivos para purificar primero el alma y llevarse el cuerpo al cielo después. Pero tan pantanoso era el fondo de su fe, que el oxígeno que la elevaba al nimbostrato se gastaba de inmediato en suspiros, y decidió entonces Magdalena renunciar al cuerpo y llamarse niebla, privando a cualquier mujer de la posibilidad de llamarse como ella y confirmando que la gravedad sólo jala a las cosas por el peso su nombre.
sábado, 17 de abril de 2010
El génesis
I
Al principio era simple y llanamente la noche. Antes de que fueran las estrellas y antes de que fueran las constelaciones y antes de que existierala conciencia de fraternidad sideral, era sólo la fría, oscura y nublada noche. Polvo en todas partes, volando antes de que existiera el verbo volar y antes del viento a través del cual puede volarse; polvo en la mirada, polvo en todos los huecos, polvo arruinando hasta la invisibilidad de las telarañas, polvo en el alma, como si se hubiera nacido ya viejo, polvo en la piel, sólo y puro polvo había sembrado en el sitio que debía de ocupar el alma... Estaba el polvo regado por todas partes y la llegada de la luz no hizo más que revelarlo. Nacieron con la luz fragmentos brillantes de miedo atados a los trazos fosforescentes que habitan en la mitad de los párpados. Y cuando cansose la noche de ser, se deshizo.
II
En medio de las estrellas y la aridez del desierto el mundo mantiene la simpleza. Nada más complejo que cientos de almas adolescentes habita el aire. Lo surcan veloces, para no toparse las unas con las otras, porque el mundo está empezando, porque se está inventando el espacio y su propósito es ponerlo de por medio tantas veces como sea posible.
Algún automática alma malvada debe estar revisando nuestras palabras a cada momento. Algunas manos despiadadas deben estar tejiendo ya sus nociones primitivas de equilibrio e inventando contrapesos que inmovilicen las intenciones viajeras con las que alimenta la juventud de nuestros tiempos las imaginaciones nuestras.
III
En la apariente quietud que se desprende de la cotidianeidad, las estrellas van y vienen con frecuencia predecible. Hace ya un tiempo que dejaron de existir en secreto y ahora urgen a que se les preste la debida atención. Para hacerlo jalan uno que otro cabello, tocan una que otra sensible costilla, pero no lastiman, aún no lastiman.
IV
Es la modernidad, esto de la era cenozoica. ¿Quién puede decir si los dinosaurios sufrían de amores, si no mi novia la cocodrila? Yo me siento todas las noches en la azotea a mirar las estrellas y rogarles que me conduzcan al pantano de sus fauces, pero las estrellas ya se han vuelto orgullosas y no me respetan por lo que soy, porque no se dan cuenta que también yo existo desde antes. Las estrellas son recordatorios de ciertos pinchazos que, por alguna razón, sacuden el alma.
Al principio era simple y llanamente la noche. Antes de que fueran las estrellas y antes de que fueran las constelaciones y antes de que existierala conciencia de fraternidad sideral, era sólo la fría, oscura y nublada noche. Polvo en todas partes, volando antes de que existiera el verbo volar y antes del viento a través del cual puede volarse; polvo en la mirada, polvo en todos los huecos, polvo arruinando hasta la invisibilidad de las telarañas, polvo en el alma, como si se hubiera nacido ya viejo, polvo en la piel, sólo y puro polvo había sembrado en el sitio que debía de ocupar el alma... Estaba el polvo regado por todas partes y la llegada de la luz no hizo más que revelarlo. Nacieron con la luz fragmentos brillantes de miedo atados a los trazos fosforescentes que habitan en la mitad de los párpados. Y cuando cansose la noche de ser, se deshizo.
II
En medio de las estrellas y la aridez del desierto el mundo mantiene la simpleza. Nada más complejo que cientos de almas adolescentes habita el aire. Lo surcan veloces, para no toparse las unas con las otras, porque el mundo está empezando, porque se está inventando el espacio y su propósito es ponerlo de por medio tantas veces como sea posible.
Algún automática alma malvada debe estar revisando nuestras palabras a cada momento. Algunas manos despiadadas deben estar tejiendo ya sus nociones primitivas de equilibrio e inventando contrapesos que inmovilicen las intenciones viajeras con las que alimenta la juventud de nuestros tiempos las imaginaciones nuestras.
III
En la apariente quietud que se desprende de la cotidianeidad, las estrellas van y vienen con frecuencia predecible. Hace ya un tiempo que dejaron de existir en secreto y ahora urgen a que se les preste la debida atención. Para hacerlo jalan uno que otro cabello, tocan una que otra sensible costilla, pero no lastiman, aún no lastiman.
IV
Es la modernidad, esto de la era cenozoica. ¿Quién puede decir si los dinosaurios sufrían de amores, si no mi novia la cocodrila? Yo me siento todas las noches en la azotea a mirar las estrellas y rogarles que me conduzcan al pantano de sus fauces, pero las estrellas ya se han vuelto orgullosas y no me respetan por lo que soy, porque no se dan cuenta que también yo existo desde antes. Las estrellas son recordatorios de ciertos pinchazos que, por alguna razón, sacuden el alma.
lunes, 22 de marzo de 2010
Al diablo...
Green se levantó de malas la tarde que le siguió a la noche que estuvo despierta, pero sola, hasta la mañana. Tenía la impresión de haberse despertado con un demonio debajo de las sábanas. No, tenía al demonio debajo de las sábanas, calentándole la piel con ideas que invitan a arruinar aún más el día. Del color del diablo tenía los ojos y del clima árido del infierno la garganta, pero despreció el vaso con agua que tenía en el buró, alcanzó un trozo verde de prado, le prendió fuego y se fue viajando con la misma lentitud con la que se hundía en sus almohadas.
Green no sospechó nunca que los colores se dejaran pervertir por las imágenes que se prohibía ella recordar, pero esa tarde supo que era posible. A medida que el sol se ponía débil en las ventanas, se dibujaba la escena frente a sus ojos con una nitidez nauseabunda. Ahí estaba él, diciéndole a la güera cosas que ella podía sólo adivinar, porque su malvibrosidad, como ella le llamaba, nunca la animó a aprender el idioma, excepto por esas palabras punzocortantes que uno aprende a reconocer demasiado pronto, ignorando todavía que son de doble filo, dependiendo de a quién se dirijan. Pues fue obra del diablo y también de esas palabras que la escena perdiera la ternura, que era ya de por sí inaceptable (por nociones de monogamia y propiedad) y se tornara... cálida, repleta de toqueteos ensalivados y gandallas.
Green comenzó a incomodarse. No era que se sintiera ofendida o celosa. Era que sentía dentro una ola de enojo que crecía con rapidez, y sabía que toda la rabia iba en contra suya y comenzó a reclamarse entre volutas de humo mientras el diablo la miraba todavía, sumergido en sus propias volutas, calentándole el abdomen con su aliento. Que más que amarlo lo repelía, que dónde estaba entonces la razón para incomodarse, que sí, que ya sabía que no eran celos, que más bien era no entender qué chingados estaba haciendo ahí, que ahora eran más las ganas de vengarse, aunque no supiera de qué, pero ya estaba sospechando que a él sí le iba a doler, que estaba otra vez en las deplorables condiciones de irse con el primero que pasara, nomás para dejar claro que cualquiera valía más que él, o que quizá era más bien como la vez anterior que tuvo ganas de irse con cualquiera, cuando lo hizo nomás por no perder los ánimos de mantenerse viva... Y al llegar a ese presentimiento, paró. Hubo de pronto un silencio en su cabeza y después un hueco más doloroso que el silencio, porque en medio de esos dos instantes fue víctima de la tristeza más grande del mundo y Green, que en el fondo siempre fue pura, expulsó una lágrima tan fría que apagó al diablo y al infierno enteros y se quedó vacía después; vacía de pureza y de llanto, vacía ya de toda intención de venganza, de toda pena que guardara relación con el amor. Volvió del viaje con los ojos en ningún sitio y un balbuceo redundante y también hueco que decía: los hombres son unos pendejos; y cualquiera que la mirara, juraría que estaba triste de verdad.
Green no sospechó nunca que los colores se dejaran pervertir por las imágenes que se prohibía ella recordar, pero esa tarde supo que era posible. A medida que el sol se ponía débil en las ventanas, se dibujaba la escena frente a sus ojos con una nitidez nauseabunda. Ahí estaba él, diciéndole a la güera cosas que ella podía sólo adivinar, porque su malvibrosidad, como ella le llamaba, nunca la animó a aprender el idioma, excepto por esas palabras punzocortantes que uno aprende a reconocer demasiado pronto, ignorando todavía que son de doble filo, dependiendo de a quién se dirijan. Pues fue obra del diablo y también de esas palabras que la escena perdiera la ternura, que era ya de por sí inaceptable (por nociones de monogamia y propiedad) y se tornara... cálida, repleta de toqueteos ensalivados y gandallas.
Green comenzó a incomodarse. No era que se sintiera ofendida o celosa. Era que sentía dentro una ola de enojo que crecía con rapidez, y sabía que toda la rabia iba en contra suya y comenzó a reclamarse entre volutas de humo mientras el diablo la miraba todavía, sumergido en sus propias volutas, calentándole el abdomen con su aliento. Que más que amarlo lo repelía, que dónde estaba entonces la razón para incomodarse, que sí, que ya sabía que no eran celos, que más bien era no entender qué chingados estaba haciendo ahí, que ahora eran más las ganas de vengarse, aunque no supiera de qué, pero ya estaba sospechando que a él sí le iba a doler, que estaba otra vez en las deplorables condiciones de irse con el primero que pasara, nomás para dejar claro que cualquiera valía más que él, o que quizá era más bien como la vez anterior que tuvo ganas de irse con cualquiera, cuando lo hizo nomás por no perder los ánimos de mantenerse viva... Y al llegar a ese presentimiento, paró. Hubo de pronto un silencio en su cabeza y después un hueco más doloroso que el silencio, porque en medio de esos dos instantes fue víctima de la tristeza más grande del mundo y Green, que en el fondo siempre fue pura, expulsó una lágrima tan fría que apagó al diablo y al infierno enteros y se quedó vacía después; vacía de pureza y de llanto, vacía ya de toda intención de venganza, de toda pena que guardara relación con el amor. Volvió del viaje con los ojos en ningún sitio y un balbuceo redundante y también hueco que decía: los hombres son unos pendejos; y cualquiera que la mirara, juraría que estaba triste de verdad.
viernes, 26 de febrero de 2010
Indios con headset, pero al fin, indios.
De acuerdo al sitio web de la compañía “Hispanic Teleservices Corporation” (HTC), este “call center” fue creado en 1999 para proporcionar atención de calidad inigualable a los clientes hispanohablantes de ciertas compañías norteamericanas. De acuerdo al mismo sitio, la moral de HTC está fundada sobre cinco valores, los cuales listo a continuación, citando de la manera más fiel que mis habilidades para traducir del inglés me permiten:
• Acero. Integridad: Haz siempre lo correcto. Esta es la única manera de lograr relaciones de larga duración con nuestros clientes y con la gente que te rodea. Este es nuestro valor más importante.
• Fuego. Pasión: Dar siempre lo mejor de ti y disfrutar haciéndolo es tu ardiente deseo. La pasión es lo que marca la diferencia entre sólo tomar una llamada y lograr con ella una experiencia memorable en la persona que llama. La pasión es la diferencia que existe entre hacer un buen trabajo y un gran trabajo
• Tierra. Confianza: Cuando un problema surja, pregúntate primero: ¿Qué puedo hacer para marcar la diferencia? Si te comprometes a algo, hazlo. La confianza nace de hacerse responsable de los propios actos. Cuanta más confianza generemos con nuestros clientes y con nuestros compañeros, tanto más crecerá HTC.
• Agua. Cambio: Nuestro negocio se caracteriza por el cambio constante. Sólo aquellos que lo aborden tendrán éxito. En HTC no solo recibimos al cambio con los brazos abiertos, sino que, para lograr una mejor conexión con nuestros clientes, también lo proponemos.
• Aire. Inspiración: Somos gente inspirando gente. Tenemos suerte de estar en una empresa donde podemos influenciar la vida de tanas personas. Inspira a otros en HTC, inspira a los clientes en cada interacción y busca siempre las pequeñas maneras de ser inspirado por ellos. Cuanto más lo hagas, tanto más fácil, mejor y más agradable será tu trabajo.
Después de casi diez años de existencia, HTC ha cambiado. Ya no se dedica solamente a atender a los clientes de origen hispano, sino que proporciona una atención bilingüe que va volviéndose más angloparlante que hispanohablante. Con casi total seguridad esto se debe a que “recibir al cambio con los brazos abiertos” llevó, en noviembre de 2007, a HTC a ser absorbida por otra compañía más grande del mismo ramo: “Teleperformance”. Al perder la soberanía por tanto abrir los brazos, HTC fue haciéndose de clientes más importantes, pero fue sometiéndose no sólo a la voluntad de la compañía de la cuál es ahora subsidiaria, sino también a la rigidez de las regulaciones necesarias para atender estos clientes y a la pérdida de la flexibilidad que aparentemente sufren todos los organismos terrestres cuando crecen. Sin embargo, son los efectos, y no las causas de este cambio, los que interesan en el desarrollo de este texto.
Los valores de HTC, tan pobremente definidos y tan inconsistentes como conjunto, constituyen un terreno propicio para expresar algunas de las características denigratorias de nuestra mexicanidad: basta tomar el valor de “cambio” para hacer lo que se guste con el de “integridad”. No obstante, de nuevo, no es el objetivo de este texto probar la inconsistencia de los valores de HTC, sino observar cómo se combinan para lograr la alegoría perfecta del peón que le salva las tierras al patrón y recibe a cambio unas palmaditas en el hombro y medio vale para canjear en la tienda de raya.
Para no perderse en las nubes, aterrizar es una buena costumbre. Uno de los clientes de HTC es una de las compañías proveedoras de servicios televisivos, de internet de banda ancha y de telefonía digital más grandes de Estados Unidos: “Comcast Corporation”. La manera en la que esto trabaja es que los clientes de Comcast, gente normal, entre los cuales se cuentan muchos ignorantes que, si en vez de ser gringos fueran mexicanos, pocos respingarían cuando alguien les llamara nacos, marcan desde sus teléfonos el 1-800-COMCAST para recibir atención cuando sienten que es necesario. Pero como siempre es más fácil ofrecer atención que darla, Comcast contrata a HTC para que atienda a los clientes que, generalmente por alguna inconformidad, marcan el teléfono antes mencionado. Para lograr esto, Comcast invierte algo de dinero en entrenar a los empleados que HTC decida contratar para que puedan brindarles a sus clientes (los de Comcast) la atención que se desea (Comcast) que reciban. Por supuesto que no hay nada de malo en delegar responsabilidades a los subordinados, pero dejarlas en manos de un mercenario revela el interés verdadero que se tiene en ellas. Aún más: no hace falta ser Sherlock Holmes para sospechar que la mayor proliferación de empresas como HTC en países en vías de desarrollo se debe a una razón principal que resulta ofensiva, pero tristemente ineludible: la mano de obra barata.
Con el tiempo, HTC se ha hecho de una reputación casi impecable, completamente de acuerdo a los principios con los que fue fundada. Pero no sólo ha sido el tiempo el fabricante de esta reputación, sino los valores que enarbola esta empresa y los “mexicanos chambeadores”, que no equivalen a los “hard-working-men” gringos. La diferencia entre los dos términos es el premio, no la actividad. Mientras los gringos ven inflados los frutos de su “hard work”, el mexicano mira nomás más “chamba” y tiene que marearla con la “pasión” y la “inspiración”, soñar con que algún día llegue un “cambio” favorable y olvidarse por completo de la “confianza” y la “integridad”, porque una vez “comprometido a hacer algo” (ser íntegro), como reza el valor de “confianza”, “hacer lo correcto”, como lo hace el de “integridad”, sería mandar a gritarle a su madre a todo gringo idiota que no se dé cuenta de que la persona al otro lado de la línea telefónica no es quien origina sus problemas, sino los ejecutivos de la corporación, que tienen tan poca vergüenza como para contratar a alguien para que atienda a sus clientes y no dotarlo con las herramientas necesarias para resolver los problemas que les aquejan.
Llegado a este punto se vuelve claro que no se nos paga como solucionadores de problemas, sino para “darle un lado humano” a las llamadas, porque “los gringos son muy secos”. Quitándole el maquillaje a estas frases de motivador personal, de líder falso, de manipulador ventajoso, nos queda sólo la realidad: No se nos paga para resolver el problema. Se nos paga para enmascararlo.
Pero lo más hiriente de todo es que, dado que HTC comenzó siendo una empresa mexicana, nosotros, los empleados, nos quedamos sin saber si otra vez vino el extranjero a cambiarnos oro por espejos, o si otra vez el indio chingó a los indios.
• Acero. Integridad: Haz siempre lo correcto. Esta es la única manera de lograr relaciones de larga duración con nuestros clientes y con la gente que te rodea. Este es nuestro valor más importante.
• Fuego. Pasión: Dar siempre lo mejor de ti y disfrutar haciéndolo es tu ardiente deseo. La pasión es lo que marca la diferencia entre sólo tomar una llamada y lograr con ella una experiencia memorable en la persona que llama. La pasión es la diferencia que existe entre hacer un buen trabajo y un gran trabajo
• Tierra. Confianza: Cuando un problema surja, pregúntate primero: ¿Qué puedo hacer para marcar la diferencia? Si te comprometes a algo, hazlo. La confianza nace de hacerse responsable de los propios actos. Cuanta más confianza generemos con nuestros clientes y con nuestros compañeros, tanto más crecerá HTC.
• Agua. Cambio: Nuestro negocio se caracteriza por el cambio constante. Sólo aquellos que lo aborden tendrán éxito. En HTC no solo recibimos al cambio con los brazos abiertos, sino que, para lograr una mejor conexión con nuestros clientes, también lo proponemos.
• Aire. Inspiración: Somos gente inspirando gente. Tenemos suerte de estar en una empresa donde podemos influenciar la vida de tanas personas. Inspira a otros en HTC, inspira a los clientes en cada interacción y busca siempre las pequeñas maneras de ser inspirado por ellos. Cuanto más lo hagas, tanto más fácil, mejor y más agradable será tu trabajo.
Después de casi diez años de existencia, HTC ha cambiado. Ya no se dedica solamente a atender a los clientes de origen hispano, sino que proporciona una atención bilingüe que va volviéndose más angloparlante que hispanohablante. Con casi total seguridad esto se debe a que “recibir al cambio con los brazos abiertos” llevó, en noviembre de 2007, a HTC a ser absorbida por otra compañía más grande del mismo ramo: “Teleperformance”. Al perder la soberanía por tanto abrir los brazos, HTC fue haciéndose de clientes más importantes, pero fue sometiéndose no sólo a la voluntad de la compañía de la cuál es ahora subsidiaria, sino también a la rigidez de las regulaciones necesarias para atender estos clientes y a la pérdida de la flexibilidad que aparentemente sufren todos los organismos terrestres cuando crecen. Sin embargo, son los efectos, y no las causas de este cambio, los que interesan en el desarrollo de este texto.
Los valores de HTC, tan pobremente definidos y tan inconsistentes como conjunto, constituyen un terreno propicio para expresar algunas de las características denigratorias de nuestra mexicanidad: basta tomar el valor de “cambio” para hacer lo que se guste con el de “integridad”. No obstante, de nuevo, no es el objetivo de este texto probar la inconsistencia de los valores de HTC, sino observar cómo se combinan para lograr la alegoría perfecta del peón que le salva las tierras al patrón y recibe a cambio unas palmaditas en el hombro y medio vale para canjear en la tienda de raya.
Para no perderse en las nubes, aterrizar es una buena costumbre. Uno de los clientes de HTC es una de las compañías proveedoras de servicios televisivos, de internet de banda ancha y de telefonía digital más grandes de Estados Unidos: “Comcast Corporation”. La manera en la que esto trabaja es que los clientes de Comcast, gente normal, entre los cuales se cuentan muchos ignorantes que, si en vez de ser gringos fueran mexicanos, pocos respingarían cuando alguien les llamara nacos, marcan desde sus teléfonos el 1-800-COMCAST para recibir atención cuando sienten que es necesario. Pero como siempre es más fácil ofrecer atención que darla, Comcast contrata a HTC para que atienda a los clientes que, generalmente por alguna inconformidad, marcan el teléfono antes mencionado. Para lograr esto, Comcast invierte algo de dinero en entrenar a los empleados que HTC decida contratar para que puedan brindarles a sus clientes (los de Comcast) la atención que se desea (Comcast) que reciban. Por supuesto que no hay nada de malo en delegar responsabilidades a los subordinados, pero dejarlas en manos de un mercenario revela el interés verdadero que se tiene en ellas. Aún más: no hace falta ser Sherlock Holmes para sospechar que la mayor proliferación de empresas como HTC en países en vías de desarrollo se debe a una razón principal que resulta ofensiva, pero tristemente ineludible: la mano de obra barata.
Con el tiempo, HTC se ha hecho de una reputación casi impecable, completamente de acuerdo a los principios con los que fue fundada. Pero no sólo ha sido el tiempo el fabricante de esta reputación, sino los valores que enarbola esta empresa y los “mexicanos chambeadores”, que no equivalen a los “hard-working-men” gringos. La diferencia entre los dos términos es el premio, no la actividad. Mientras los gringos ven inflados los frutos de su “hard work”, el mexicano mira nomás más “chamba” y tiene que marearla con la “pasión” y la “inspiración”, soñar con que algún día llegue un “cambio” favorable y olvidarse por completo de la “confianza” y la “integridad”, porque una vez “comprometido a hacer algo” (ser íntegro), como reza el valor de “confianza”, “hacer lo correcto”, como lo hace el de “integridad”, sería mandar a gritarle a su madre a todo gringo idiota que no se dé cuenta de que la persona al otro lado de la línea telefónica no es quien origina sus problemas, sino los ejecutivos de la corporación, que tienen tan poca vergüenza como para contratar a alguien para que atienda a sus clientes y no dotarlo con las herramientas necesarias para resolver los problemas que les aquejan.
Llegado a este punto se vuelve claro que no se nos paga como solucionadores de problemas, sino para “darle un lado humano” a las llamadas, porque “los gringos son muy secos”. Quitándole el maquillaje a estas frases de motivador personal, de líder falso, de manipulador ventajoso, nos queda sólo la realidad: No se nos paga para resolver el problema. Se nos paga para enmascararlo.
Pero lo más hiriente de todo es que, dado que HTC comenzó siendo una empresa mexicana, nosotros, los empleados, nos quedamos sin saber si otra vez vino el extranjero a cambiarnos oro por espejos, o si otra vez el indio chingó a los indios.
domingo, 21 de febrero de 2010
El valle de los brezos
-Nos están esperando para matarnos -le dijo el de al lado.
-¿Por qué crees que nos siguen transportando aquí atados debajo del tanque? ¿Por qué crees que no nos han soltado para machacarnos la cabeza como a los demás? Porque nos consideran dignos de tener el sufrimiento grande antes de morir.
Decían que la hechicera usaba una diadema flores rojas y amarillas en la cabeza para que no influyera en su juicio la veneración de los soldados que la rodeaban. Cuando él la miró por vez primera comprendió por qué había sido posible convertir en cinco minutos el brezal en un campamento autosuficiente que abonaba los sembradíos con la sangre de los muertos. Él había llegado por el camino que llegan todos y había temido morirse aplastado por el tanque o ahogado en el fango de la subida empinada que conduce al valle de los brezos.
-Ya estamos por llegar, fíjate cómo el aire apesta a brezos con sangre; fíjate cómo el único sonido es el de los disparos. Hoy debe haber asamblea.
Acabó la peregrinación y poco a poco fue acostumbrándose a la luz del día, a la filas de gente que caía fulminada por un disparo en la cabeza, al sonambulismo idiota que brinda la resignación de no poder escaparse, pero nunca dejó de tener miedo.
-Fíjate cómo están todos como paralizados. No es producto del miedo, sino de la subordinación. Fíjate cómo ellos tampoco saben cómo llegaron aquí ni por qué los tienen haciendo fila para morirse. ¿No te horroriza que ni siquiera te digan por qué quieren a matarte? Pues te van a matar. Seguramente a mí antes que a ti, porque se ve que te miran con recelo.
Había caído la noche y el piso estaba tapizado de pétalos de brezo y sangre enlodada. Había antorchas junto a los centinelas y pelotones de gente alargando el sabor del momento último de su vida, esperando con paciencia de vacas de rastros.
Ataron a uno al tronco de un brezo que nadie había podido arrancar y le acomodaron fuego en las rodillas y le cortaron la lengua para que no blasfemara. Le quebraron los hombros a palos, pero como estaba atado al brezo, no pudo doblarse. -No sean pendejos- se oyó que alguien gritó desde una de las filas -si van a matarlo, mátenlo bien. El de al lado se quedó donde estaba, pero lo miró a él de reojo, sabiendo que sudar frío era buena señal, nomás porque sentir algo aunque fuera miedo, quería decir que todavía no se había resignado.
Las filas se abrieron y llegaron los soldados. Se lo llevaron a él en frente de la hechicera, y el de al lado se quedó temblando, pero sin hacer ruido. Deliberaron un rato, apuntándole siempre con las armas a la cabeza. El hombre del tronco cayó en el olvido.
Los ojos de la hechicera tomaron el color amarillo de las flores de su cabeza y cuando parecía que iba a hablar, se adelantó un general y le puso a él una bofetada. -Arrepiéntete y humíllate -le dijo. Pero él estaba invadido de una extraña seguridad. -No me hinco, me perpetuo -dijo mirándola a los ojos mientras levantaba la mano derecha por encima de la cabeza de todos, como declarando para quienes no se habían dado cuenta que la sangre podía dejar de escurrirse y que el valle podía sumirse si le disparaban y que todos se iban a ahogar en una alberca de sangre. No se le quebró la voz, pero por dentro estaba todo roto, porque estaba apostando lo que ya había perdido con la espectativa de ganarlo todo aunque no fuera a quedarse con nada, y cuando se apuesta tan poco para ganar tanto, el cuerpo no puede seguir atrapando la vida en su interior. De todas formas nadie se dió cuenta, hasta que se oyeron los chasquidos que hacen las armas cuando cargan y los silenció ella. -No podemos hacerlo; él no es frágil -dijo, y su corona de flores voló al aire con el ruido de los disparos, porque la rabia del general habló justo después de ella. -Que se lo cargue la chingada -dijo, y aunque todos vieron que le apuntaban a él, fué la hechicera la que se desplomó tras la desobediencia, porque en ese momento estaban combatiendo las voluntades de ambos en el aire que separaba sus pupilas; y luego también él se desplomó, tras la segunda carga, pero su imagen siguió de pie y la tercera ráfaga de las balas de quienes lo rodeaban la atravesó, porque su presencia se había vuelto etérea y el fuego cruzado fue alcanzando a todos los que dispararon. Se acabaron los soldados y se acabó la voluntad de la hechicera cuando el de al lado dejó de temblar y de sudar frío. Sólo entonces dejó de sentir la mordida del horror y se halló formando parte de las filas de gente que seguía sin moverse, esperando que alguien les disparara, pero no había ya quién pudiera coger un arma.
Él se quedó mirando la diadema de flores. -Aquí no ha pasado nada -dijo, y se dio la vuelta bajando la pendiente en la que creyó que iba a ahogarse. El de al lado quiso correr a alcanzarlo, pero sólo pudo ver la noche poblandose de nubes, porque sus pies y los de todos los que le rodeaban ya estaban enraizados, su cuerpo había terminado de adelgazarse y sobre los pétalos de brezo que crecían en su piel, aterrizaba ya el rocío.
-¿Por qué crees que nos siguen transportando aquí atados debajo del tanque? ¿Por qué crees que no nos han soltado para machacarnos la cabeza como a los demás? Porque nos consideran dignos de tener el sufrimiento grande antes de morir.
Decían que la hechicera usaba una diadema flores rojas y amarillas en la cabeza para que no influyera en su juicio la veneración de los soldados que la rodeaban. Cuando él la miró por vez primera comprendió por qué había sido posible convertir en cinco minutos el brezal en un campamento autosuficiente que abonaba los sembradíos con la sangre de los muertos. Él había llegado por el camino que llegan todos y había temido morirse aplastado por el tanque o ahogado en el fango de la subida empinada que conduce al valle de los brezos.
-Ya estamos por llegar, fíjate cómo el aire apesta a brezos con sangre; fíjate cómo el único sonido es el de los disparos. Hoy debe haber asamblea.
Acabó la peregrinación y poco a poco fue acostumbrándose a la luz del día, a la filas de gente que caía fulminada por un disparo en la cabeza, al sonambulismo idiota que brinda la resignación de no poder escaparse, pero nunca dejó de tener miedo.
-Fíjate cómo están todos como paralizados. No es producto del miedo, sino de la subordinación. Fíjate cómo ellos tampoco saben cómo llegaron aquí ni por qué los tienen haciendo fila para morirse. ¿No te horroriza que ni siquiera te digan por qué quieren a matarte? Pues te van a matar. Seguramente a mí antes que a ti, porque se ve que te miran con recelo.
Había caído la noche y el piso estaba tapizado de pétalos de brezo y sangre enlodada. Había antorchas junto a los centinelas y pelotones de gente alargando el sabor del momento último de su vida, esperando con paciencia de vacas de rastros.
Ataron a uno al tronco de un brezo que nadie había podido arrancar y le acomodaron fuego en las rodillas y le cortaron la lengua para que no blasfemara. Le quebraron los hombros a palos, pero como estaba atado al brezo, no pudo doblarse. -No sean pendejos- se oyó que alguien gritó desde una de las filas -si van a matarlo, mátenlo bien. El de al lado se quedó donde estaba, pero lo miró a él de reojo, sabiendo que sudar frío era buena señal, nomás porque sentir algo aunque fuera miedo, quería decir que todavía no se había resignado.
Las filas se abrieron y llegaron los soldados. Se lo llevaron a él en frente de la hechicera, y el de al lado se quedó temblando, pero sin hacer ruido. Deliberaron un rato, apuntándole siempre con las armas a la cabeza. El hombre del tronco cayó en el olvido.
Los ojos de la hechicera tomaron el color amarillo de las flores de su cabeza y cuando parecía que iba a hablar, se adelantó un general y le puso a él una bofetada. -Arrepiéntete y humíllate -le dijo. Pero él estaba invadido de una extraña seguridad. -No me hinco, me perpetuo -dijo mirándola a los ojos mientras levantaba la mano derecha por encima de la cabeza de todos, como declarando para quienes no se habían dado cuenta que la sangre podía dejar de escurrirse y que el valle podía sumirse si le disparaban y que todos se iban a ahogar en una alberca de sangre. No se le quebró la voz, pero por dentro estaba todo roto, porque estaba apostando lo que ya había perdido con la espectativa de ganarlo todo aunque no fuera a quedarse con nada, y cuando se apuesta tan poco para ganar tanto, el cuerpo no puede seguir atrapando la vida en su interior. De todas formas nadie se dió cuenta, hasta que se oyeron los chasquidos que hacen las armas cuando cargan y los silenció ella. -No podemos hacerlo; él no es frágil -dijo, y su corona de flores voló al aire con el ruido de los disparos, porque la rabia del general habló justo después de ella. -Que se lo cargue la chingada -dijo, y aunque todos vieron que le apuntaban a él, fué la hechicera la que se desplomó tras la desobediencia, porque en ese momento estaban combatiendo las voluntades de ambos en el aire que separaba sus pupilas; y luego también él se desplomó, tras la segunda carga, pero su imagen siguió de pie y la tercera ráfaga de las balas de quienes lo rodeaban la atravesó, porque su presencia se había vuelto etérea y el fuego cruzado fue alcanzando a todos los que dispararon. Se acabaron los soldados y se acabó la voluntad de la hechicera cuando el de al lado dejó de temblar y de sudar frío. Sólo entonces dejó de sentir la mordida del horror y se halló formando parte de las filas de gente que seguía sin moverse, esperando que alguien les disparara, pero no había ya quién pudiera coger un arma.
Él se quedó mirando la diadema de flores. -Aquí no ha pasado nada -dijo, y se dio la vuelta bajando la pendiente en la que creyó que iba a ahogarse. El de al lado quiso correr a alcanzarlo, pero sólo pudo ver la noche poblandose de nubes, porque sus pies y los de todos los que le rodeaban ya estaban enraizados, su cuerpo había terminado de adelgazarse y sobre los pétalos de brezo que crecían en su piel, aterrizaba ya el rocío.
miércoles, 17 de febrero de 2010
Conjuro número catorce
Nudos y besos,
vasos de llanto
llaves sin chapas.
Las cicatrices sin sangre
se deben a heridas sin rastro.
Para borrar los aguijones,
agita tus dedos,
levita tu paso.
Rasga el cielo
con tus manos.
Sonríe,
que en tus labios se desatan
los hilos magros de mi alma.
Enrédalos ahora en tus pestañas,
derrama con besos
los vasos del llanto.
vasos de llanto
llaves sin chapas.
Las cicatrices sin sangre
se deben a heridas sin rastro.
Para borrar los aguijones,
agita tus dedos,
levita tu paso.
Rasga el cielo
con tus manos.
Sonríe,
que en tus labios se desatan
los hilos magros de mi alma.
Enrédalos ahora en tus pestañas,
derrama con besos
los vasos del llanto.
sábado, 28 de noviembre de 2009
Que te calles, dijo la marea.
Esta liturgia lleva a la ruina, esta rutina hiptotiza y su camisa de fuerza preserva todas las calmas. No hay palabras que te muevan, no hay muecas ya ni memorias de aromas que puedan traerte. Voy a olvidarte, voy a olvidarte, voy a olvidarte.
Si mueves un pez asoma en la piel el deseo de sentirte, envoltorio hasta en los cabellos, pero no lo mueves. Lo que hiere es que decidas no estar, no estar... Sigo el desvarío rítmico, repitiendo frases que hagan eco para revivirte y sigo juntando las manos para atrapar tu cuerpo escurridizo, pero está todo roto y el cielo está vacío.
Acúsola, hueco del horizonte, de seguir inmóvil aunque esté yo parado con el agua hasta el pecho, fabricando con mis vísceras las ondas que debería producir ella. Dile, horizonte finado, que es éste el odio más inexorable, que se lo trague y que lo esparza en todas sus aguas.
Asi estaba yo, balbuceando los rencores del alma, cuando la mar despertó y me metió en el hocico enorme que poseo una ola entera de sal, y me hizo vomitar en medio del más violento y áspero revuelco de toda la vida.
Si mueves un pez asoma en la piel el deseo de sentirte, envoltorio hasta en los cabellos, pero no lo mueves. Lo que hiere es que decidas no estar, no estar... Sigo el desvarío rítmico, repitiendo frases que hagan eco para revivirte y sigo juntando las manos para atrapar tu cuerpo escurridizo, pero está todo roto y el cielo está vacío.
Acúsola, hueco del horizonte, de seguir inmóvil aunque esté yo parado con el agua hasta el pecho, fabricando con mis vísceras las ondas que debería producir ella. Dile, horizonte finado, que es éste el odio más inexorable, que se lo trague y que lo esparza en todas sus aguas.
Asi estaba yo, balbuceando los rencores del alma, cuando la mar despertó y me metió en el hocico enorme que poseo una ola entera de sal, y me hizo vomitar en medio del más violento y áspero revuelco de toda la vida.
jueves, 29 de octubre de 2009
El pecado original
¿Quién vino a devolvernos,
burbuja de llanto
voladora y plana,
huella de los sueños
de los ojos abiertos,
las carcajadas
rellenas de caducidad?
¿Quién, demonio zigzagueante,
nos sembró en el pecho
rebanadas rojas de manzana?
¿Quién nos entorna los ojos
a la sombra del cielo
debajo de un árbol?
¿Quién nos junta las pestañas?
¿Quien nos junta el horizonte
y el deseo para que anden de la mano?
¿Quién nos llama latidos,
quién nos llama suspiros?
¿Para quién lloramos
nuestra esclavitud,
demonio, a los parpadeos?
¿Quién nos jala con violencia
desde todos lugares?
¿Quién se muere por mi demonio
a la sombra de un árbol?
¿Quién entre el follaje
se muere por mí?
¿Quién blande la filosa expresión
del imposible en tu nombre, demonio?
¿Quién querría partirte, decantarte
besarte a ojos entreabiertos,
negando los horizontes?
¿Quién querría incendiarte,
sueño difuso, con la piel?
¿Quién tiene, esculpe
y derrocha tu presencia
mientras pregunta tu origen
a las ramas del árbol?
burbuja de llanto
voladora y plana,
huella de los sueños
de los ojos abiertos,
las carcajadas
rellenas de caducidad?
¿Quién, demonio zigzagueante,
nos sembró en el pecho
rebanadas rojas de manzana?
¿Quién nos entorna los ojos
a la sombra del cielo
debajo de un árbol?
¿Quién nos junta las pestañas?
¿Quien nos junta el horizonte
y el deseo para que anden de la mano?
¿Quién nos llama latidos,
quién nos llama suspiros?
¿Para quién lloramos
nuestra esclavitud,
demonio, a los parpadeos?
¿Quién nos jala con violencia
desde todos lugares?
¿Quién se muere por mi demonio
a la sombra de un árbol?
¿Quién entre el follaje
se muere por mí?
¿Quién blande la filosa expresión
del imposible en tu nombre, demonio?
¿Quién querría partirte, decantarte
besarte a ojos entreabiertos,
negando los horizontes?
¿Quién querría incendiarte,
sueño difuso, con la piel?
¿Quién tiene, esculpe
y derrocha tu presencia
mientras pregunta tu origen
a las ramas del árbol?
domingo, 25 de octubre de 2009
Desdícete
Te doy esta noche
para que la pases callada.
Sólo el final de este día
y el comienzo del que sigue,
para que veas el silencio
rebasándote, te doy.
Mañana entero, y el día después,
son tuyos para que te desdigas,
para que simules con absoluta perfección
que yo inventé este naufragio,
que no hay rastrojos, si no los que imaginé,
que no hay pobladores del victimario;
para que afirmes, con total seguridad
que, pasados unos días, se vuelve esquiva,
resbalosa, inevocable, tu voluntad,
te doy mañana y el día que sigue.
Te doy los segundos posteriores
para que hagas el favor
de congelarte un momento antes
del día en que te hallé
terriblemente incompleta.
El futuro entero,
para que lo ocupes
en marginarte de mi ahora,
para que mantengas tu condición
de ave de ensueño y de paso, te doy.
para que la pases callada.
Sólo el final de este día
y el comienzo del que sigue,
para que veas el silencio
rebasándote, te doy.
Mañana entero, y el día después,
son tuyos para que te desdigas,
para que simules con absoluta perfección
que yo inventé este naufragio,
que no hay rastrojos, si no los que imaginé,
que no hay pobladores del victimario;
para que afirmes, con total seguridad
que, pasados unos días, se vuelve esquiva,
resbalosa, inevocable, tu voluntad,
te doy mañana y el día que sigue.
Te doy los segundos posteriores
para que hagas el favor
de congelarte un momento antes
del día en que te hallé
terriblemente incompleta.
El futuro entero,
para que lo ocupes
en marginarte de mi ahora,
para que mantengas tu condición
de ave de ensueño y de paso, te doy.
miércoles, 21 de octubre de 2009
Cazar la luz
Hace años viajábamos en el asiento de atrás del coche. En los semáforols, los rayos del sol se metían por las ventanas y a veces caían en las palmas de nuestras manos. Mi hermana y yo cerrábamos los puños para atrapar la bolita de luz, pero la bolita brincaba a nuestros nudillos. No lo sabíamos entonces, pero lo único que lograbamos cazar eran las sombras.
domingo, 18 de octubre de 2009
Amor pop
¿Para quién bailas, bailarina?
¿A quién dedicas tu espalda de cobra en medio de la música?
¿A cuál de todos mis fantasmas miras cuando no me miras a mí?
¿De quién es el viento, bailarina, que transita tu entrepierna?
¿En quién te enredas en verdad cuando trepas ese tubo de bomberos?
¿Para quién sacudes el velo a cuadros de tu falda?
¿Por quién deseas no repartir tu mirada perdida entre el público a oscuras?
Dime ya por quién bailas, bailarina, antes de que termine mi cerveza. Dime que el aire curva tu mirada y que cae siempre en mí aunque no sepas la ubicación de mi butaca. Dime que cada vez que cruzas las piernas estás intentando cazarme entre tus muslos. Dime que sabes que no engañas a nadie con el pop inocente que enmascara tu libido.
Dime que si estás de pie, bailarina, es porque no me has hallado todavía.
¿A quién dedicas tu espalda de cobra en medio de la música?
¿A cuál de todos mis fantasmas miras cuando no me miras a mí?
¿De quién es el viento, bailarina, que transita tu entrepierna?
¿En quién te enredas en verdad cuando trepas ese tubo de bomberos?
¿Para quién sacudes el velo a cuadros de tu falda?
¿Por quién deseas no repartir tu mirada perdida entre el público a oscuras?
Dime ya por quién bailas, bailarina, antes de que termine mi cerveza. Dime que el aire curva tu mirada y que cae siempre en mí aunque no sepas la ubicación de mi butaca. Dime que cada vez que cruzas las piernas estás intentando cazarme entre tus muslos. Dime que sabes que no engañas a nadie con el pop inocente que enmascara tu libido.
Dime que si estás de pie, bailarina, es porque no me has hallado todavía.
miércoles, 14 de octubre de 2009
switching from there to here
your excellence:
i pray you may tell me where the button to switch from wrong to right is. i pray you tell me how to switch from tales to poetry and not die trying.
i pray you may tell me where the button to switch from wrong to right is. i pray you tell me how to switch from tales to poetry and not die trying.
martes, 13 de octubre de 2009
Se cae de sueño
Se abrió un hoyo
violento en la tierra
con soberana locura
como si fuera la calle
el hábitat natural
de un sueño atormentado
y por ahí se fueron
los peatones
y los perros
y los autos
y las nubes y los pájaros,
misteriosos solidarios.
Todo se quitó de encima
de ese bostezo de planeta
y todo cuanto cayó dentro
aportó su propia dosis
de este terror pegajoso
que nubló las estrellas
hasta en la memoria.
Todo, hasta la luz, se fue
a los pulmones del mundo,
y la claridad que surgió
de este vacío debió sólo ser
un milagro de su distracción.
Fue sólo por sus brazos,
por sus codos, que desdobló
millares de veces
su imaginación
en la caída interminable,
por su pelo,
por su cara
de éxtasis
forastero,
por su calma
sorprendida
en mitad
de la aventura,
por la danza exótica de su risa
y su ignorancia y su ansiedad
y el placer imprevisto
del final de su infancia,
que no se acabó el mundo
el día que se puso triste
y suspiró.
violento en la tierra
con soberana locura
como si fuera la calle
el hábitat natural
de un sueño atormentado
y por ahí se fueron
los peatones
y los perros
y los autos
y las nubes y los pájaros,
misteriosos solidarios.
Todo se quitó de encima
de ese bostezo de planeta
y todo cuanto cayó dentro
aportó su propia dosis
de este terror pegajoso
que nubló las estrellas
hasta en la memoria.
Todo, hasta la luz, se fue
a los pulmones del mundo,
y la claridad que surgió
de este vacío debió sólo ser
un milagro de su distracción.
Fue sólo por sus brazos,
por sus codos, que desdobló
millares de veces
su imaginación
en la caída interminable,
por su pelo,
por su cara
de éxtasis
forastero,
por su calma
sorprendida
en mitad
de la aventura,
por la danza exótica de su risa
y su ignorancia y su ansiedad
y el placer imprevisto
del final de su infancia,
que no se acabó el mundo
el día que se puso triste
y suspiró.
lunes, 12 de octubre de 2009
Le llamaron lluvia
Pasó por aquí
goteando fantasía
y encharcó la tierra
con sus sueños.
Pasó sin prisa
con la piel temblorosa
tragándose la oscuridad
con sus pupilas.
Pasó embolsando las nubes
y electrizó el rocío con su canto.
Dicen que llegó volando
y paró de a poco como un globo
y clamó venir de todas partes
mientras flotaba todavía.
Dicen que los miró a todos
como si fuera a explicarse
y que cuando tocó la tierra
se borraron las veredas.
Pasó un segundo por aquí
a avergonzar los lagrimales
y se hizo hierba
y no dijo nunca
de donde venía.
goteando fantasía
y encharcó la tierra
con sus sueños.
Pasó sin prisa
con la piel temblorosa
tragándose la oscuridad
con sus pupilas.
Pasó embolsando las nubes
y electrizó el rocío con su canto.
Dicen que llegó volando
y paró de a poco como un globo
y clamó venir de todas partes
mientras flotaba todavía.
Dicen que los miró a todos
como si fuera a explicarse
y que cuando tocó la tierra
se borraron las veredas.
Pasó un segundo por aquí
a avergonzar los lagrimales
y se hizo hierba
y no dijo nunca
de donde venía.
jueves, 1 de octubre de 2009
La búsqueda inútil del amor
La diferencia única de esa noche y las del resto de su vida después de su temprana adolescencia fue que se acostó boca arriba en un lugar donde las palmeras dejaban ver el cielo. La brisa, el siseo de las olas, el licor delgadísimo, su sonrisa teatral, sus uñas enarenadas, la compañía lentamente variable, eran todas parte del mismo estupor que tenía prendido entre las sienes y las orejas desde los catorce años. Magdalena, una vez y media más vieja que su pasmo, se entregaba a la devota pero desgastada esperanza de comulgar con el sudor de un desconocido y acabar por aprender a fondo todos sus impulsos y su orografía.
No siempre fue su intención recuperar la viveza de todos los sentidos, ni dejar manchas indelebles en la memoria de los otros, porque al principio era muy pronto todavía para ocuparse de recordar lo vivido, pero lo hacía invariablemente por el efecto misterioso de su boca, en donde podían leerse, con la lengua adecuada las traducciones de cuanta expresión fuera capaz de hacer saltar los corazones. Tampoco puede decirse que se hubiera cansado de buscar el amor, aunque ella ni siquiera sabía que lo hacía, porque iniciaba cada noche una exploración automática y ritual de la naturaleza humana, sin hacer diferencias de sexo ni tamaños, sin reparar en propósitos ni en justificaciones. Tampoco le era evidente que hacía contacto directo con el cielo, porque estaba tan de ojos cerrados que la luz de las estrellas apenas llegaba a sus pupilas y era fácilmente confundida con los destellos de amor que le propinaban con regularidad creciente.
Lo que sí puede decirse es que esa noche tuvo una distracción pequeña que fue causada por una lluvia tímida en su frente y que fue aumentando con el volumen de su pulso, que dictaba el murmullo de la lluvia, y que desembocó en una estampida que sus párpados no pudieron resistir y abrió sus ojos tres segundos antes del final y se vertió en ellos el entendimiento del que gozaba cuando niña y que le había estado vedado durante veintiocho años, y se le reveló por fin el propósito de su búsqueda litúrgica y nocturna. Rechinó los dientes, empuñó la arena a sus costados y deseó con todas sus fuerzas que él y todos y todas las anteriores hubieran sido ella misma y rugió no de placer, sino de una rabia gigantesca, dirigida al centro del pasado y su rugido se apagó al poco tiempo en sus oídos, pero hizo temblar la playa entera mientras vivió. Y así, mientras estallaban en los vasos sanguíneos de sus pechos y su cuello multicolores fuegos de artificio, se quedó tan al margen de todos los alrededores, tan aturdida, como a los catorce, cuando miró por última vez en veintiocho años el cielo buscando a dios y sólo halló en las raíces de la lluvia el origen de su llanto.
No siempre fue su intención recuperar la viveza de todos los sentidos, ni dejar manchas indelebles en la memoria de los otros, porque al principio era muy pronto todavía para ocuparse de recordar lo vivido, pero lo hacía invariablemente por el efecto misterioso de su boca, en donde podían leerse, con la lengua adecuada las traducciones de cuanta expresión fuera capaz de hacer saltar los corazones. Tampoco puede decirse que se hubiera cansado de buscar el amor, aunque ella ni siquiera sabía que lo hacía, porque iniciaba cada noche una exploración automática y ritual de la naturaleza humana, sin hacer diferencias de sexo ni tamaños, sin reparar en propósitos ni en justificaciones. Tampoco le era evidente que hacía contacto directo con el cielo, porque estaba tan de ojos cerrados que la luz de las estrellas apenas llegaba a sus pupilas y era fácilmente confundida con los destellos de amor que le propinaban con regularidad creciente.
Lo que sí puede decirse es que esa noche tuvo una distracción pequeña que fue causada por una lluvia tímida en su frente y que fue aumentando con el volumen de su pulso, que dictaba el murmullo de la lluvia, y que desembocó en una estampida que sus párpados no pudieron resistir y abrió sus ojos tres segundos antes del final y se vertió en ellos el entendimiento del que gozaba cuando niña y que le había estado vedado durante veintiocho años, y se le reveló por fin el propósito de su búsqueda litúrgica y nocturna. Rechinó los dientes, empuñó la arena a sus costados y deseó con todas sus fuerzas que él y todos y todas las anteriores hubieran sido ella misma y rugió no de placer, sino de una rabia gigantesca, dirigida al centro del pasado y su rugido se apagó al poco tiempo en sus oídos, pero hizo temblar la playa entera mientras vivió. Y así, mientras estallaban en los vasos sanguíneos de sus pechos y su cuello multicolores fuegos de artificio, se quedó tan al margen de todos los alrededores, tan aturdida, como a los catorce, cuando miró por última vez en veintiocho años el cielo buscando a dios y sólo halló en las raíces de la lluvia el origen de su llanto.
jueves, 17 de septiembre de 2009
La cacería
Amanecí con tu alma en las rodillas, sangrando de tantos nombres, derrumbada a media huída. Tenía los brazos tendidos rumbo a la ventana, por donde huyó el polvo de oro de la tarde anterior. Yo levanté tu alma y la cobijé cuarenta días hasta que se secó por completo. Pienso que se murió tu alma y que le salió el alma por la boca como a nosotros también se nos sale del cuerpo cuando morimos, y se me para de helada la sangre. Este cadáver de alma es peor que una flor marchita, que la carne disecada encima de los huesos y peor aún que un esqueleto quebradizo. Este cadáver de alma es tanto la representación de la muerte definitiva como la representación definitiva de la muerte que no acaba jamás; porque ¿qué si mi alma se encontró en sus rodillas a tu alma herida una mañana? ¿y qué tal si todos los nombres que se sangran hacen sangrar en cada capa hasta el minúsculo infinito?
Ya no quiero guardar yo bajo mis sábanas esta alma muerta. Mi cama no es un cementerío de cacerías interminablemente frustradas, sino el santuario de los sueños. En mi cama puede filtrarse cualquier fantasma de tu recursiva presencia, pero, bajo ninguna circunstancia, permito que se muestre invocación o referencia alguna de la más pequeña de tus muertes. Yo estoy convencido de amarrarme a la muñeca el cadáver mutilado de tu alma y echarlo por la ventana para que me arrastre por el viento, porque a tu alma y a mí nos desfasaron por haberme alguien encontrado culpable de ser la más mala de las malas compañías.
Ya no quiero guardar yo bajo mis sábanas esta alma muerta. Mi cama no es un cementerío de cacerías interminablemente frustradas, sino el santuario de los sueños. En mi cama puede filtrarse cualquier fantasma de tu recursiva presencia, pero, bajo ninguna circunstancia, permito que se muestre invocación o referencia alguna de la más pequeña de tus muertes. Yo estoy convencido de amarrarme a la muñeca el cadáver mutilado de tu alma y echarlo por la ventana para que me arrastre por el viento, porque a tu alma y a mí nos desfasaron por haberme alguien encontrado culpable de ser la más mala de las malas compañías.
sábado, 5 de septiembre de 2009
Collares de castigo
... Y sucedió que, habiendo decidido alejarse por completo, fue descubriéndose más fuertemente repelido por los objetos distantes que por los cercanos, hasta que no pudo más que volver a ella, su humilde principio, y dejarse apalstar por los rechazos inconcientes de todo cuanto le rodeaba, en el centro mismo de ella, donde convergían, como él, todos quienes la amaron; donde creaba pactos renuentes la sangre de todos ellos, y más asco se producían y con más ahínco decidían largarse para siempre y más pronto y más brutalmente se descubrían repelidos por la lejanía, incorporándose al violento vaivén que causaban sus ojos, en los que chocaban y se hacían pedazos. Mientras tanto, ella se miraba al espejo, acongojada, y ellos volvían multiplicados a la vida por medio de sus lágrimas.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Lluvia de estrellas
Cuando callaron los zumbidos, el suelo comenzó a cubrirse de cadáveres. Arrancadas por su propio frenetismo, llovieron tantas alas en el otoño de los insectos que, al respirar, entraban en nuestros pulmones memorias translúcidas de vuelos mezcladas con el aire. ¿Cuántas avispas hubo en el avispero? Todas las que hubieron, hay; tapizando el mundo con su veneno dormido.
martes, 18 de agosto de 2009
El impostor (llegó, hizo su desmadre y se fue)
Venía de los oscuros páramos de Siberia, de las aguas revueltas de El estrecho de Magallanes, del faro gigantesco de La Cruz del Sur, de la subacuática ruta prohibida de la Atlántida, de un desierto vanidoso que cambiaba su finísimo peinado, de ponerle al diablo una patada en el culo y de haber sucumbido al ensimismamiento cíclico y perverso de los bárbaros del norte, pero ésto no se lo contaba a todos.
Su relojería se hallaba dilatada en cierta forma y era imposible comprender cómo encajaban sus ciclos con los de la tierra, si es que alguna vez lo hacían. Mientras el mundo dormitaba se aislaba él de los sueños del pueblo y se tumbaba bajo el sol, como si tuviera la sangre fría y necesitara nutrirse de pensamientos lejanos. También cuando el mundo dormía y el sol estaba oculto se tumbaba a mirar las estrellas y había hilos brillantes de vapor atados a sus pestañas y era clarísimo que podía hablarles aunque estuviera nublado, pero los bárbaros del norte no lo entendieron jamás. Tenía las huellas de los bárbaros en las ojeras y en la espalda y a causa de ellas se había vuelto callado.
Las primeras veces que coincidió con nosotros en las tabernas se camuflaba con las sombras del rincón y parecía que todo flotaba menos él. El ambiente, incluyéndonos a nosotros, era susceptible de ser borrado de un manazo, como a una voluta de humo. Fuimos sanándolo poco a poco con nuestra cercanía y él, a cambio, fue materializando cada vez más porciones de pueblo, para que no fuera a llevárselas el viento. Y así, guiados por sus risas ultramarinas fuimos metiéndonos en el vapor de su memoria y nos hicimos de un pasado que venía de lugares que conocíamos sólo por la imaginación y pronto el mundo dormía mientras atravesábamos las nubes y el día para ver las estrellas, y el pueblo, al que no le resultaba evidente que fueramos fluidos hablantes de la lengua sideral, fue borrándonos de su lista. Que desvanecieran nuestra existencia nos dolió, más que por el simple rechazo, por la ingratitud hacia este mundo nuevo que se iba materializando ante sus ojos, y nos dejó una cicatriz que nos llevó a nombrarlos bárbaros, y nos exiliamos antes de que nos mataran.
Así, guiados por la imperceptible impostura del maestro, fuimos aprendiendo. Nos convertimos en deliciosos vencedores de nuestra rutina y conquistamos títulos sólo para nosotros. Vencimos al feroz mar, nos perdimos en la niebla y enarbolamos nuestra bandera magnífica en todos los paisajes. A todas partes llevamos con el viento el alma de La Cruz del Sur y, en nuestro paraíso insular, levitamos amando sus mujeres maravillosas. Nos coronamos sin saberlo reyes absolutos de la imaginación y, sin saberlo también, perdimos al maestro un día.
Nos trajo de vuelta a la vida nuestra evidente desnudez de siglos a la intemperie, nuestras patas encharcadas, nuestras canas polvorientas. Fue así como nos encontramos derrumbados históricamente. Fue así como descubrimos que la gloriosa bandera de La Cruz del Sur de todos los paisajes era nuestras camisas rotas amarradas a un palo y que el gran faro era un arbolito desde el cual nos cagaban todas las noches los zanates y que a cien metros de ahí estaban las puertas de nuestro pueblo, amnésico de todos nuestros favores y leyendas, y que ya ni los niños se molestaban en burlarse de nosotros.
Su relojería se hallaba dilatada en cierta forma y era imposible comprender cómo encajaban sus ciclos con los de la tierra, si es que alguna vez lo hacían. Mientras el mundo dormitaba se aislaba él de los sueños del pueblo y se tumbaba bajo el sol, como si tuviera la sangre fría y necesitara nutrirse de pensamientos lejanos. También cuando el mundo dormía y el sol estaba oculto se tumbaba a mirar las estrellas y había hilos brillantes de vapor atados a sus pestañas y era clarísimo que podía hablarles aunque estuviera nublado, pero los bárbaros del norte no lo entendieron jamás. Tenía las huellas de los bárbaros en las ojeras y en la espalda y a causa de ellas se había vuelto callado.
Las primeras veces que coincidió con nosotros en las tabernas se camuflaba con las sombras del rincón y parecía que todo flotaba menos él. El ambiente, incluyéndonos a nosotros, era susceptible de ser borrado de un manazo, como a una voluta de humo. Fuimos sanándolo poco a poco con nuestra cercanía y él, a cambio, fue materializando cada vez más porciones de pueblo, para que no fuera a llevárselas el viento. Y así, guiados por sus risas ultramarinas fuimos metiéndonos en el vapor de su memoria y nos hicimos de un pasado que venía de lugares que conocíamos sólo por la imaginación y pronto el mundo dormía mientras atravesábamos las nubes y el día para ver las estrellas, y el pueblo, al que no le resultaba evidente que fueramos fluidos hablantes de la lengua sideral, fue borrándonos de su lista. Que desvanecieran nuestra existencia nos dolió, más que por el simple rechazo, por la ingratitud hacia este mundo nuevo que se iba materializando ante sus ojos, y nos dejó una cicatriz que nos llevó a nombrarlos bárbaros, y nos exiliamos antes de que nos mataran.
Así, guiados por la imperceptible impostura del maestro, fuimos aprendiendo. Nos convertimos en deliciosos vencedores de nuestra rutina y conquistamos títulos sólo para nosotros. Vencimos al feroz mar, nos perdimos en la niebla y enarbolamos nuestra bandera magnífica en todos los paisajes. A todas partes llevamos con el viento el alma de La Cruz del Sur y, en nuestro paraíso insular, levitamos amando sus mujeres maravillosas. Nos coronamos sin saberlo reyes absolutos de la imaginación y, sin saberlo también, perdimos al maestro un día.
Nos trajo de vuelta a la vida nuestra evidente desnudez de siglos a la intemperie, nuestras patas encharcadas, nuestras canas polvorientas. Fue así como nos encontramos derrumbados históricamente. Fue así como descubrimos que la gloriosa bandera de La Cruz del Sur de todos los paisajes era nuestras camisas rotas amarradas a un palo y que el gran faro era un arbolito desde el cual nos cagaban todas las noches los zanates y que a cien metros de ahí estaban las puertas de nuestro pueblo, amnésico de todos nuestros favores y leyendas, y que ya ni los niños se molestaban en burlarse de nosotros.
lunes, 27 de julio de 2009
Cobardías pa fuera y cobardías pa dentro
"Sin perder nunca la clase, la señorita", "Siempre un caballero", "...estuvieron a la altura de la situación"...
La bienadmirada civilitud de las sociedades modernas, alérgicas a la introspección grupal y la crítica de la misma forma en que lo son individualmente todos sus componentes no es más que una proyección de la cobardía de decirse a uno mismo la verdad.
La amabilidad, la asertividad, las reputas buenas costumbres, las máscaras de sonrisas gigantescas, son la vuelta a la madurez de la hipocresía. Estas respuestas automáticas, recetas estúpidas para las conciliaciones que sólo quien no piensa acepta por auténticas y los que piensan un poco aceptan a pesar de su falsedad, no hacen más que apuntalar a la gente en la idiotez más sofocante, en la supresión de cualquier iniciativa de admirar la creatividad... va volviéndonos excepcionalmente adaptables a una sociedad pesada e inepta...
Existen, para fortuna de mis compinches ácidos, los espejos milagrosos que revelan, en las fotos sonrientes de las bodas, la intimidad que esconden con sus cuerpos la novia y el amigo de la novia: las manos que le devoran las nalgas arrugándole el vestido.
La bienadmirada civilitud de las sociedades modernas, alérgicas a la introspección grupal y la crítica de la misma forma en que lo son individualmente todos sus componentes no es más que una proyección de la cobardía de decirse a uno mismo la verdad.
La amabilidad, la asertividad, las reputas buenas costumbres, las máscaras de sonrisas gigantescas, son la vuelta a la madurez de la hipocresía. Estas respuestas automáticas, recetas estúpidas para las conciliaciones que sólo quien no piensa acepta por auténticas y los que piensan un poco aceptan a pesar de su falsedad, no hacen más que apuntalar a la gente en la idiotez más sofocante, en la supresión de cualquier iniciativa de admirar la creatividad... va volviéndonos excepcionalmente adaptables a una sociedad pesada e inepta...
Existen, para fortuna de mis compinches ácidos, los espejos milagrosos que revelan, en las fotos sonrientes de las bodas, la intimidad que esconden con sus cuerpos la novia y el amigo de la novia: las manos que le devoran las nalgas arrugándole el vestido.
jueves, 23 de julio de 2009
Tararí
Tanto
y tanto tiempo
amenacé
con que me iría
con la primera
que me quisiera,
que un día
llegó por fin
y me quiso
de verdad,
y de verdad
no pude
irme con ella.
y tanto tiempo
amenacé
con que me iría
con la primera
que me quisiera,
que un día
llegó por fin
y me quiso
de verdad,
y de verdad
no pude
irme con ella.
miércoles, 22 de julio de 2009
Está prohibido.
Necesito que me pongas mucha atención. No vayas a intentar confirmar lo que digo, no trates de convencerte de que es de otra manera, no te distraigas, no hagas nada que no sea escuchar. Es necesario que dejes de pensar y que lo hagas de inmediato. Confía en mi... Querría explicarte de golpe, como si estuvieras tomando tú conciencia de mi conciencia, el riesgo enorme que corres si te mueves o si tratas de hacer lo que te advertí que no hicieras, pero no puedo. Las cosas tienen una hilación forzosa y si aún tienes deseos de ser, es imperativo que no pierdas tu absoluta inmovilidad.
Las reglas que creamos son susceptibles de ser reclamadas o violadas y ninguna consecuencia espectacular es observada, por terrible que sea. Nuestras reglas tienen vigencia y tienen límites.
No te atrevas
todavía
a parpadear.
Voy a mostrarte un mundo del cuál no todos son concientes, pocos conocen y menos reciben la bienvenida. Este es el mundo de las reglas que SON. De ésas que son ajenas o, más bien, dueñas de toda conducta.
Este mundo no pregunta si le faltas o te falta. Te engulle, simplemente, y te perpetua. No te elige, sino te comunica que eres parte de él. Sus reglas no son divulgadas y, sencillamente, no pueden romperse. En este mundo que te muestro, "no se puede" tiene una solidez imperturbable y "está prohibido" adquiere su máximo misterio.
Si todavía tienes intenciones de ser, de ser lo que sea, aunque no lo sepas, pero ser, entrega ya mismo tu voluntad, pues no hay existencia que pueda concebirse sin hacerlo.
Ahora te doy la bienvenida al mundo de las cadenas invisibles, de la libertad de hacer cualquier cosa que te esté permitida, de soñar con romper, pero no romper. Ya que me has escuchado, acéptalo. No intentes reprocharlo; está prohibido.
Las reglas que creamos son susceptibles de ser reclamadas o violadas y ninguna consecuencia espectacular es observada, por terrible que sea. Nuestras reglas tienen vigencia y tienen límites.
No te atrevas
todavía
a parpadear.
Voy a mostrarte un mundo del cuál no todos son concientes, pocos conocen y menos reciben la bienvenida. Este es el mundo de las reglas que SON. De ésas que son ajenas o, más bien, dueñas de toda conducta.
Este mundo no pregunta si le faltas o te falta. Te engulle, simplemente, y te perpetua. No te elige, sino te comunica que eres parte de él. Sus reglas no son divulgadas y, sencillamente, no pueden romperse. En este mundo que te muestro, "no se puede" tiene una solidez imperturbable y "está prohibido" adquiere su máximo misterio.
Si todavía tienes intenciones de ser, de ser lo que sea, aunque no lo sepas, pero ser, entrega ya mismo tu voluntad, pues no hay existencia que pueda concebirse sin hacerlo.
Ahora te doy la bienvenida al mundo de las cadenas invisibles, de la libertad de hacer cualquier cosa que te esté permitida, de soñar con romper, pero no romper. Ya que me has escuchado, acéptalo. No intentes reprocharlo; está prohibido.
martes, 14 de julio de 2009
La juventud era él.
Cada tarde se sentaba doña María con una taza de canela en la puerta de su casa a ver la lluvia que cayó el dieciocho de julio del sesenta y cuatro. En medio de la cuadra, desanimando hasta al viento, se le oía decir:
- La juventud emigra.
Doña María, que antes de doña fue sólo María y no era de Manuel más de lo que era de ella el agua del río que la bañaba sin darle aviso de la agudeza de mis ojos detrás de la arboleda, bebía de la taza repitiéndose que ésta era la última tarde que pasaba sin saber por qué se fue un día Manuel sin decir nada.
Cada tarde se acababa la canela y se iba a llover los recuerdos a la recámara y cada tarde era terca vencedora del ultimátum débil de María y negaba la lluvia añeja y la nueva.
La partida de Manuel era la fuente de todas sus preguntas. Con él, los misterios del mundo tenían explicaciones de una sencillez insospechada , pero su ausencia había sido entera y definitiva, y Manuel había arrastrado con sus pasos todas las respuestas.
- ¿Cómo se explica que tengamos prefijos de dones si el tiempo nos va enchaparreciendo y despintando hasta el pelo? Los años han de caernos entonces encima y la gente ha de leernos de arriba a abajo... pero Manuel no se yuxtapone a ningún don y nada puede leerlo.
Hasta el día que se fue, María nunca dudó del buen corazón de Manuel. A veces pensaba que se había ido con una mujer más joven, que lo había perdido todo en el juego, que se había llevado su alma el diablo... pero nada de esto es cierto. Yo estuve ahí la noche que se fue Manuel sin decir una palabra y nunca quise arriesgarme a decir la verdad.
Esa noche, durante su ausencia, yo planeaba aprovechar el sonambulísmo típico de María para recordarla toda la vida. Al principio estaba convencido de que María estaba soñando, pero ahora lo dudo un poco. Me senté con ella al borde de la cama, tomamos un carajillo y llegado el momento me pidió que le trajera un vaso de agua. En la cocina estaba Manuel, burbujeando palabras ininteligibles, sentado al fondo de la pila. Lo saqué de los cabellos y lo abofeteé, pero no pude entender sus balbuceos. Corrí a la recámara a ver a María y la hallé encharcada en la cama, como si se hubiera desprendido de todas las sonrisas a través de su sudor. Yo ya no quería recordarla para siempre. No así. Volví a la cocina, donde Manuel recuperaba el habla sin hallar la lucidez y así es como supe lo que debió saber ella.
- Hay ilusiones mías que se destripan entre ellas. Puro egoísmo perfumado, vieja. Yo no aguanto ver al mundo partiéndose por los caprichos míos... al mundo que es mundo sólo porque yo lo nombro. Estoy muy triste, vieja. No digas que no quieres verme así, que si me quieres has de querer verme, como sea. El problema es que yo quiero y quiero y no puedo querer dos veces. Querer tres es demasiado, vieja. Me quiero de esta manera y te quiero a ti y quiero que no me cambies ni te cambies. Querer tres es demasiado, vieja. Estáte bien.
Y así, cambiando su permanencia por la esperanza de la felicidad de ella, se fue chapoteando los huaraches en el lodo de la llovizna repentina que cayó el dieciocho de julio del sesenta y cuatro y paró cuando logré despertar a María, quien existió desde entonces con el alma inmóvil, como clavada en la tierra que absorbió la lluvia del sudor donde se disolvieron sus sonrisas; en la misma tierra que se comió las huellas de la partida de Manuel el día que todos los misterios del mundo se volvieron de pronto indescifrables.
- La juventud emigra.
Doña María, que antes de doña fue sólo María y no era de Manuel más de lo que era de ella el agua del río que la bañaba sin darle aviso de la agudeza de mis ojos detrás de la arboleda, bebía de la taza repitiéndose que ésta era la última tarde que pasaba sin saber por qué se fue un día Manuel sin decir nada.
Cada tarde se acababa la canela y se iba a llover los recuerdos a la recámara y cada tarde era terca vencedora del ultimátum débil de María y negaba la lluvia añeja y la nueva.
La partida de Manuel era la fuente de todas sus preguntas. Con él, los misterios del mundo tenían explicaciones de una sencillez insospechada , pero su ausencia había sido entera y definitiva, y Manuel había arrastrado con sus pasos todas las respuestas.
- ¿Cómo se explica que tengamos prefijos de dones si el tiempo nos va enchaparreciendo y despintando hasta el pelo? Los años han de caernos entonces encima y la gente ha de leernos de arriba a abajo... pero Manuel no se yuxtapone a ningún don y nada puede leerlo.
Hasta el día que se fue, María nunca dudó del buen corazón de Manuel. A veces pensaba que se había ido con una mujer más joven, que lo había perdido todo en el juego, que se había llevado su alma el diablo... pero nada de esto es cierto. Yo estuve ahí la noche que se fue Manuel sin decir una palabra y nunca quise arriesgarme a decir la verdad.
Esa noche, durante su ausencia, yo planeaba aprovechar el sonambulísmo típico de María para recordarla toda la vida. Al principio estaba convencido de que María estaba soñando, pero ahora lo dudo un poco. Me senté con ella al borde de la cama, tomamos un carajillo y llegado el momento me pidió que le trajera un vaso de agua. En la cocina estaba Manuel, burbujeando palabras ininteligibles, sentado al fondo de la pila. Lo saqué de los cabellos y lo abofeteé, pero no pude entender sus balbuceos. Corrí a la recámara a ver a María y la hallé encharcada en la cama, como si se hubiera desprendido de todas las sonrisas a través de su sudor. Yo ya no quería recordarla para siempre. No así. Volví a la cocina, donde Manuel recuperaba el habla sin hallar la lucidez y así es como supe lo que debió saber ella.
- Hay ilusiones mías que se destripan entre ellas. Puro egoísmo perfumado, vieja. Yo no aguanto ver al mundo partiéndose por los caprichos míos... al mundo que es mundo sólo porque yo lo nombro. Estoy muy triste, vieja. No digas que no quieres verme así, que si me quieres has de querer verme, como sea. El problema es que yo quiero y quiero y no puedo querer dos veces. Querer tres es demasiado, vieja. Me quiero de esta manera y te quiero a ti y quiero que no me cambies ni te cambies. Querer tres es demasiado, vieja. Estáte bien.
Y así, cambiando su permanencia por la esperanza de la felicidad de ella, se fue chapoteando los huaraches en el lodo de la llovizna repentina que cayó el dieciocho de julio del sesenta y cuatro y paró cuando logré despertar a María, quien existió desde entonces con el alma inmóvil, como clavada en la tierra que absorbió la lluvia del sudor donde se disolvieron sus sonrisas; en la misma tierra que se comió las huellas de la partida de Manuel el día que todos los misterios del mundo se volvieron de pronto indescifrables.
lunes, 13 de julio de 2009
tictac sueños, tictac ecos
No hay pasos que retumben de noche en la era electrónica. Hacía unos años yo había aprendido a dormir sin temerles tanto, velado por las luces de la calle que pasaba por encima de mi casa. Los gallos han dejado de ser un despertador para convertirse en estorbos para el sueño; marcan la hora de dormir, pero impiden el descanso.
El acto de meterse en la cama se ha vuelto una cucharada mala de jarabe, los despertadores con sus pitidos diabólicos ya son menos alarmas de bomberos y menos campanitas celerinas. La lluvia ya no viene del cielo, sino de los aspersores y no arrulla de la misma manera. No hay arrullo suficiente cuando se tiene la cabeza llena de preocupaciones. No hay nada más absurdo que preocuparse por cosas de las que se está convencido que carecen de importancia suficiente. El acto de meterse en la cama desata la cadena de asco que precede a un placer cuya intensidad no ha variado con los años, pero ahora estamos tan cansados que somos inconcientes de su comienzo cada noche.
Esta era electrónica da una falsa sensación de cercanía. Soy torpe a la hora de reconocer mi tictac debajo de la piel. Esta era electrónica se ha empeñado en cambiarnos por realidad virtual la fantasía y yo ya no quiero vivir aquí. Me declaro en la época equivocada y exijo que quien me puso aquí me saque de inmediato o me quite de las pestañas la pendejez y la ceguera.
El acto de meterse en la cama se ha vuelto una cucharada mala de jarabe, los despertadores con sus pitidos diabólicos ya son menos alarmas de bomberos y menos campanitas celerinas. La lluvia ya no viene del cielo, sino de los aspersores y no arrulla de la misma manera. No hay arrullo suficiente cuando se tiene la cabeza llena de preocupaciones. No hay nada más absurdo que preocuparse por cosas de las que se está convencido que carecen de importancia suficiente. El acto de meterse en la cama desata la cadena de asco que precede a un placer cuya intensidad no ha variado con los años, pero ahora estamos tan cansados que somos inconcientes de su comienzo cada noche.
Esta era electrónica da una falsa sensación de cercanía. Soy torpe a la hora de reconocer mi tictac debajo de la piel. Esta era electrónica se ha empeñado en cambiarnos por realidad virtual la fantasía y yo ya no quiero vivir aquí. Me declaro en la época equivocada y exijo que quien me puso aquí me saque de inmediato o me quite de las pestañas la pendejez y la ceguera.
viernes, 10 de julio de 2009
Del café y los palpitares
Una mesa sin manchas de café no es más mujer que una cama con sábanas virgenes. No se adivinan en sus tablas los viajes espirales que revuelven los recuerdos y la imaginación, porque no hay huellas dónde encajar ninguna caminata. El café guarda en sus aromas los motivos que impulsan al azar a ser impredecible. El café tiene la memoria de todas las intenciones del mundo, y no derramar una gota sobre la mesa es privarla de la conciencia sempiterna de nuestros deseos, porque el café también nos descifra a nosotros. No mancharla de nuestra activa inconciencia es egoísta, es como no sembrar en los poros del colchón besos que vayan a abrazarnos de noche a nosotros, a ella, o a cualquier beneficiario ocasional de nuestro cuarto; es como no sudar alcohol encima de las brasas que nos marcan a uno propiedad del otro, o alquiler del otro, o parte del otro, o el otro.
El oficio de maravillarse tiene pautas de escasos grados de libertad. El café lo sabe desde siempre y combina el orden de los desvelos para lograr distintos resultados. Lo que es invariante es que comienza diciendo te quiero y abraza. De ahí en adelante, nunca somos suficientemente viejos para saber qué esperar y nadie ha vivido suficiente para descubrir su proósito verdadero.
Ella era ciega a todas las sutilezas. El café se le resbalaba como al plástico y no tenía corazón de árbol ni pasados boscosos ni los oídos sensibles con los que se descifra el dialecto de los follajes. Tenía desde siempre deseando un abrazo y un te quiero y la levitación mínima que pudera mostrarle el siguiente paso. Esa noche volví de la calle con la lluvia en los zapatos, resuelto a mostrarle el mundo extralitosférico que no conocía. Esa noche traía yo una mujer, y como toda mujer tiene el café en las entrañas, la levanté como en un sacrificio, le evaporé la lluvia a oscuras y, en medio de toda esa niebla, se la derramé encima.
Todos los desayunos posteriores resultaron extraños. Toda taza de café que se posaba en la mesa adquiría un gusto de cemento exaltado, de orgullo de abuelos y agitación de muchacha... y en cada momento había un murmuro siseante de una constancia tal que cuando se agotó la pila del reloj, no hubo necesidad de reemplazarla.
El oficio de maravillarse tiene pautas de escasos grados de libertad. El café lo sabe desde siempre y combina el orden de los desvelos para lograr distintos resultados. Lo que es invariante es que comienza diciendo te quiero y abraza. De ahí en adelante, nunca somos suficientemente viejos para saber qué esperar y nadie ha vivido suficiente para descubrir su proósito verdadero.
Ella era ciega a todas las sutilezas. El café se le resbalaba como al plástico y no tenía corazón de árbol ni pasados boscosos ni los oídos sensibles con los que se descifra el dialecto de los follajes. Tenía desde siempre deseando un abrazo y un te quiero y la levitación mínima que pudera mostrarle el siguiente paso. Esa noche volví de la calle con la lluvia en los zapatos, resuelto a mostrarle el mundo extralitosférico que no conocía. Esa noche traía yo una mujer, y como toda mujer tiene el café en las entrañas, la levanté como en un sacrificio, le evaporé la lluvia a oscuras y, en medio de toda esa niebla, se la derramé encima.
Todos los desayunos posteriores resultaron extraños. Toda taza de café que se posaba en la mesa adquiría un gusto de cemento exaltado, de orgullo de abuelos y agitación de muchacha... y en cada momento había un murmuro siseante de una constancia tal que cuando se agotó la pila del reloj, no hubo necesidad de reemplazarla.
miércoles, 8 de julio de 2009
Asaltos de la vida cotidiana
Tu tiempo es mi tiempo y es el mismo de todos sólo porque estamos demasiado cerca. De tu tiempo y el mío y la sensación ilusiora de que fluye, de que lo tenemos a mano aunque no podamos detenerlo y existimos dentro de él, surge el primer asalto. Al tiempo no lo tenemos más que cuanto somos tiempo. Nosotros dentro del tiempo o el tiempo dentro de nosotros son imágenes que nos sirven únicamente para representar nuestra propia mortalidad; la utilidad de nuestros actos. Tu tiempo es solamente constante para ti y lo mismo sucede con el mío. El despojo colateral del primer asalto es la pérdida total de la esperanza de ser más grandes y vivir a prisa para vivir más. Con nuestro tiempo medimos el tiempo de todos los demás, como medimos cualquier cosa al compararla con las cosas nuestras. Respecto al tiempo sucede que lo único nuestro es la sensación de su existencia (hasta donde pueda afirmarse que las sensaciones, por el simple hecho de sentirlas, nos pertenecen), como ocurre con todos los alrededores. Nadie puede proclamarse propietario de un color, de un pedazo de tierra, de un trozo de aire, ni siquiera de su propio cuerpo, porque en algún momento el cuerpo mismo lo abandona; se enmascara, si, pareciendo el mismo de antes en cada momento, pero con tanta comida y tanta mierda, con tanta respiración, tantos orines, lágrimas, escupitajos, contactos, seguro es que no somos los mismos átomos que eramos hace veinte años.
De este concepto del yo cambiante nace el segundo asalto. Éste es especial porque está efectuado a dos manos; nuestro cuerpo no es el mismo en dos instantes distintos y tampoco lo es nuestra mente. El concepto de identidad se derrumba ante nosotros y ni siquiera el de evolución o el de efímero pueden remplazarlo con plena satisfacción. Ante la imposibilidad de definir con firmeza lo que somos por lo que recordamos, lo que hemos hecho o lo que hemos sido, lo que pensamos, lo que sentimos, tenemos que recurrir al recurso desesperado de añadir a la larga definición: "y en lo que hemos de convertirnos". Pero esto filtra el azar en nuestra respuesta y no es más acertado que decir, con más simplicidad: "no sé".
Al pensar en nuestra propia identidad como una colección de objetos pasados bien definida, al menos a la luz de nuestras medidas, y una colección de objetos futuros bien borrosos, uno no puede evadir la sospecha de cierta malicia en la concepción del mundo, o de una estupidez inconmensurable en nuestro oficio de responder las preguntas de la vida. Para dar una definición incólume de nuestra identidad, uno recurre a fijarla de todas las condiciones conocidas. Pero un solo argumento suelto, dejado al azar, nos imposibilitaría responder con absoluta precisión a quiénes somos. Nuestra otra opción, tan milagrosa como la anterior es permitir a propósito los cabos sueltos, los azares, y afirmar que de hecho recorremos todos los caminos posibles y bifurcamos para adelante y para atrás y el yo que te responde ahora no es el mismo yo que te respondería si juanito no hubiera estorundado (dejando de lado que ayer me rompí una uña, y si no lo hubiera hecho las condiciones serían distintas). ¿Cuántos cabos sueltos? Al parecer todos, porque no podemos tener un infinito no numerable de condiciones controladas, y entonces nuestra bonita respuesta sería: "yo soy todo". Bien por los narcisistas.
De fijar todas las condiciones resulta un universo susceptible de ser conocido a priori, y la respuesta precisa de quiénes somos, pero también la desaparición total de nuestro libre albedrío. Habiendo aceptado previamente que nos definimos por las circunstancias del mundo, lloramos porque el dejar tan sólo una condición al azar arroja una infinidad de posibles identidades nuestras, por no hablar de lo que pasaría al dejar todos los cabos sueltos. De esta dicotomía endiablada, en la que no podemos hacer más que perder, nace el tercer asalto.
De los despojos sufridos por primer asalto y el segundo podemos culpar sin sentir remordimiento a la cultura arcaica en la que nos hemos desenvuelto, pero ¿hacia donde gritar para recibir auxilio por los daños del tercero? ¿a quién hemos de acusar de no habernos dotado de una conciencia natural del infinito? Nuestra búsqueda de dios, frustrada en tan numerosas ocasiones, nos empuja a rezar el credo supremo de estar agradecidos por lo que se nos da, en vez de clamar a quien tenga que clamarse porque nos quite la estupidez y la ceguera, por que nos haga, en verdad, a su imagen y semejanza.
Irónicamente, y para confirmar la malicia, en esta encrucijada, debemos elegir elegir o elegir no elegir. Irónicamente, la sugerencia es que lo único que de verdad nos pertenece son la conciencia y la fe, que nos son, además, inalienables.
De este concepto del yo cambiante nace el segundo asalto. Éste es especial porque está efectuado a dos manos; nuestro cuerpo no es el mismo en dos instantes distintos y tampoco lo es nuestra mente. El concepto de identidad se derrumba ante nosotros y ni siquiera el de evolución o el de efímero pueden remplazarlo con plena satisfacción. Ante la imposibilidad de definir con firmeza lo que somos por lo que recordamos, lo que hemos hecho o lo que hemos sido, lo que pensamos, lo que sentimos, tenemos que recurrir al recurso desesperado de añadir a la larga definición: "y en lo que hemos de convertirnos". Pero esto filtra el azar en nuestra respuesta y no es más acertado que decir, con más simplicidad: "no sé".
Al pensar en nuestra propia identidad como una colección de objetos pasados bien definida, al menos a la luz de nuestras medidas, y una colección de objetos futuros bien borrosos, uno no puede evadir la sospecha de cierta malicia en la concepción del mundo, o de una estupidez inconmensurable en nuestro oficio de responder las preguntas de la vida. Para dar una definición incólume de nuestra identidad, uno recurre a fijarla de todas las condiciones conocidas. Pero un solo argumento suelto, dejado al azar, nos imposibilitaría responder con absoluta precisión a quiénes somos. Nuestra otra opción, tan milagrosa como la anterior es permitir a propósito los cabos sueltos, los azares, y afirmar que de hecho recorremos todos los caminos posibles y bifurcamos para adelante y para atrás y el yo que te responde ahora no es el mismo yo que te respondería si juanito no hubiera estorundado (dejando de lado que ayer me rompí una uña, y si no lo hubiera hecho las condiciones serían distintas). ¿Cuántos cabos sueltos? Al parecer todos, porque no podemos tener un infinito no numerable de condiciones controladas, y entonces nuestra bonita respuesta sería: "yo soy todo". Bien por los narcisistas.
De fijar todas las condiciones resulta un universo susceptible de ser conocido a priori, y la respuesta precisa de quiénes somos, pero también la desaparición total de nuestro libre albedrío. Habiendo aceptado previamente que nos definimos por las circunstancias del mundo, lloramos porque el dejar tan sólo una condición al azar arroja una infinidad de posibles identidades nuestras, por no hablar de lo que pasaría al dejar todos los cabos sueltos. De esta dicotomía endiablada, en la que no podemos hacer más que perder, nace el tercer asalto.
De los despojos sufridos por primer asalto y el segundo podemos culpar sin sentir remordimiento a la cultura arcaica en la que nos hemos desenvuelto, pero ¿hacia donde gritar para recibir auxilio por los daños del tercero? ¿a quién hemos de acusar de no habernos dotado de una conciencia natural del infinito? Nuestra búsqueda de dios, frustrada en tan numerosas ocasiones, nos empuja a rezar el credo supremo de estar agradecidos por lo que se nos da, en vez de clamar a quien tenga que clamarse porque nos quite la estupidez y la ceguera, por que nos haga, en verdad, a su imagen y semejanza.
Irónicamente, y para confirmar la malicia, en esta encrucijada, debemos elegir elegir o elegir no elegir. Irónicamente, la sugerencia es que lo único que de verdad nos pertenece son la conciencia y la fe, que nos son, además, inalienables.
martes, 7 de julio de 2009
Cua cuá
Me derrite incandescente
esa vocecita de ángel,
ese solo suspírico
del concierto de la tarde.
Me desborda tu canto.
Tu voz no promete
el horizonte borroso
de un suspiro de angel.
Tu canto no es canto
sino súplica. Tu canto
vuela y no imagina
que arrastra la vida.
Tu canto no es canto
sino sordo gemido.
esa vocecita de ángel,
ese solo suspírico
del concierto de la tarde.
Me desborda tu canto.
Tu voz no promete
el horizonte borroso
de un suspiro de angel.
Tu canto no es canto
sino súplica. Tu canto
vuela y no imagina
que arrastra la vida.
Tu canto no es canto
sino sordo gemido.
lunes, 6 de julio de 2009
Fantasma
Había estado encerrado durante meses, dedicado por completo a la contemplación de la estela púrpura de su aura y al estudio minucioso de toda pista que pudiera revelarme en sueños la ubicación en la que quiso ocultarse. Yo había sido sitiado por el tiempo en numerosas ocasiones y había acabado por perderle el miedo. Sabía que el agua y la comida eran sólo paliativos del hambre verdadera del alma y decidí echar todos los suministros por la ventana. Estaba francamente dispuesto a encontrarla o morir en el intento. Con el curso de las semanas se fue haciendo claro que afuera el mundo se había cansado de mantenerse entero en sus galopes circulares y ahora comenzaba a disolverse en el espacio. El sol se hacía más grande cada vez y cada vez la luna se mostraba menos, debilitada hasta la antipatía por la repetitividad de todas las órbitas.
Me vi forzado a un cambio inminente de estrategia, un intento desesperado de hallarla antes de que todo acabara. Era, en realidad, el abandono impulsivo de toda estrategia, el patalear sin rumbo de los pies de los ahorcados, que conocen por experiencia vitalicia que no se puede nadar en el aire pero lo intentan de todas formas. Vagué. Me hallé surcando el pavimento entre ventiscas lluviosas cada vez más apocalípticas.
El día que dejé de elevar mis plegarias al cielo lo hice convencido de que el dios al que todos rezaban carecía de bautismo. Pasé cada día posterior a ese momento tratando de hallar un nombre que se adecuara a su misterio y a mis sospechas injustificadas de su ubicación. Toda intención de crecimiento espiritual se perdía como las cartas sin destinatario, y como el remitente siempre era yo, mis plegarias venían a mi justo después de haberlas echado al aire. Resolví entonces que, como dios había existido siempre y yo no recordaba haberlo hecho, entonces tendría que habitar dios dentro de mí. Pero además dios está en todas partes y yo nunca pude expandirme seis metros más allá de mi piel, y sólo supe de cuatro personas que recibían extraviadas plegarias mías. Intenté llamarle El Múltiple, pero pronto empecé a percibirlo como un monstruo de infinitas cabezas que se colaba en todo y el nombre no duró mucho. Me molestaba el concepto de vacío, la enorme violación de la intimidad que existiría si hubiera algo en todas partes, y decidí darme una tregua.
Nunca, hasta hoy, intenté volver a pensarlo. No se por qué salió del exilio al que lo condené y volvió a dibujarme en los oídos la ruta de regreso hacia ella. A veces hasta creo que, en la medida de sus posibilidades, la hizo lo más corta posible. Escapé de la tormenta metiéndome en una puerta angosta que escupía unas escaleras ásperas, oscuras y larguísimas. El sonido del paraíso venía de ahí dentro y yo corrí a recoger cualquier migaja aunque tuviera que robarla.
Ya estaba ahí, detrás de unas cortinas de lágrimas de hielo, estaba ella. No gozaba ya de la fascinación antiquísima que le hacía teñir el mundo del color del hambre de quien la miraba. Se paseaba por encima de todos sin desear la más mínima veneración y se había vuelto hipermétrope de los afanes del mundo. Vestía anacrónica para ocultar las pantorrillas y para despistar a sus espectadores furtivos, que la miraban cuando ella no los veía, ya estuviera de frente o de espaldas. Qué delicia. Ellos eran un público nuevo, maravillados hasta la euforia por haber descubierto en su voz mundos a los que habían estado ciegos, ubicados en medio de todo lo que habían visto, en los espacios donde creían que había sólo nada, mundos que seguían estando más allá de su imaginación, y les resultaban completamente indescriptibles, irreproducibles e inútiles.
Yo había aprendido, años atrás y en un sitio distante, a desenmascarar de detrás de la sombra de su sombrero tinto de Al Capone su cara, y de debajo de sus encajes violeta, una agilidad intempestiva y violenta, ajustada solamente por los latidos de un rincón de voluntades fortuitas pero caprichosamente atinadas. En su aliento se respiraba el aire de quienes conocen ya todos los caminos y yo no tenía más intención que recuperarlo.
Esperé toda la noche en una esquina poco iluminada, lejos de la concurrencia que había viciado con su asombro el lugar. Había más razones para alejarse, como guardar la distancia con los espectadores, que sucumbieron a una idiotez paralítica que les hacía llenarse de baba sus propias copas; o negar la decadencia del presente, que nadie además de mí podía notar mientras durara su canto; o el tiempo estancado entre las mesas y el techo; o la calidad translúcida, cada vez más evidente, de mis extremidades inferiores.
Hizo una pausa. Fue largamente aplaudida y bajó a la barra a tomar una copa. El mundo no acababa de recuperarse de la inercia de la inmovilidad y yo corrí a encontrarla. Choqué con todos sin tropezar con nadie. Me acerqué por detrás, la llamé y el lugar entero se llenó de espanto. Los clientes respiraron de pronto el tiempo perdido y se agolparon en las escaleras.
Ella estaba apretada contra la barra, incrédula, vuelta hacia mi. "Soy yo", le dije para calmarla, y el terror se le escurrió hasta las piernas. Extendí mi mano para acariciarle el pelo, pero no pude tocarla. En medio de un grito huyó, tropezando con todo, menos conmigo.
Me vi forzado a un cambio inminente de estrategia, un intento desesperado de hallarla antes de que todo acabara. Era, en realidad, el abandono impulsivo de toda estrategia, el patalear sin rumbo de los pies de los ahorcados, que conocen por experiencia vitalicia que no se puede nadar en el aire pero lo intentan de todas formas. Vagué. Me hallé surcando el pavimento entre ventiscas lluviosas cada vez más apocalípticas.
El día que dejé de elevar mis plegarias al cielo lo hice convencido de que el dios al que todos rezaban carecía de bautismo. Pasé cada día posterior a ese momento tratando de hallar un nombre que se adecuara a su misterio y a mis sospechas injustificadas de su ubicación. Toda intención de crecimiento espiritual se perdía como las cartas sin destinatario, y como el remitente siempre era yo, mis plegarias venían a mi justo después de haberlas echado al aire. Resolví entonces que, como dios había existido siempre y yo no recordaba haberlo hecho, entonces tendría que habitar dios dentro de mí. Pero además dios está en todas partes y yo nunca pude expandirme seis metros más allá de mi piel, y sólo supe de cuatro personas que recibían extraviadas plegarias mías. Intenté llamarle El Múltiple, pero pronto empecé a percibirlo como un monstruo de infinitas cabezas que se colaba en todo y el nombre no duró mucho. Me molestaba el concepto de vacío, la enorme violación de la intimidad que existiría si hubiera algo en todas partes, y decidí darme una tregua.
Nunca, hasta hoy, intenté volver a pensarlo. No se por qué salió del exilio al que lo condené y volvió a dibujarme en los oídos la ruta de regreso hacia ella. A veces hasta creo que, en la medida de sus posibilidades, la hizo lo más corta posible. Escapé de la tormenta metiéndome en una puerta angosta que escupía unas escaleras ásperas, oscuras y larguísimas. El sonido del paraíso venía de ahí dentro y yo corrí a recoger cualquier migaja aunque tuviera que robarla.
Ya estaba ahí, detrás de unas cortinas de lágrimas de hielo, estaba ella. No gozaba ya de la fascinación antiquísima que le hacía teñir el mundo del color del hambre de quien la miraba. Se paseaba por encima de todos sin desear la más mínima veneración y se había vuelto hipermétrope de los afanes del mundo. Vestía anacrónica para ocultar las pantorrillas y para despistar a sus espectadores furtivos, que la miraban cuando ella no los veía, ya estuviera de frente o de espaldas. Qué delicia. Ellos eran un público nuevo, maravillados hasta la euforia por haber descubierto en su voz mundos a los que habían estado ciegos, ubicados en medio de todo lo que habían visto, en los espacios donde creían que había sólo nada, mundos que seguían estando más allá de su imaginación, y les resultaban completamente indescriptibles, irreproducibles e inútiles.
Yo había aprendido, años atrás y en un sitio distante, a desenmascarar de detrás de la sombra de su sombrero tinto de Al Capone su cara, y de debajo de sus encajes violeta, una agilidad intempestiva y violenta, ajustada solamente por los latidos de un rincón de voluntades fortuitas pero caprichosamente atinadas. En su aliento se respiraba el aire de quienes conocen ya todos los caminos y yo no tenía más intención que recuperarlo.
Esperé toda la noche en una esquina poco iluminada, lejos de la concurrencia que había viciado con su asombro el lugar. Había más razones para alejarse, como guardar la distancia con los espectadores, que sucumbieron a una idiotez paralítica que les hacía llenarse de baba sus propias copas; o negar la decadencia del presente, que nadie además de mí podía notar mientras durara su canto; o el tiempo estancado entre las mesas y el techo; o la calidad translúcida, cada vez más evidente, de mis extremidades inferiores.
Hizo una pausa. Fue largamente aplaudida y bajó a la barra a tomar una copa. El mundo no acababa de recuperarse de la inercia de la inmovilidad y yo corrí a encontrarla. Choqué con todos sin tropezar con nadie. Me acerqué por detrás, la llamé y el lugar entero se llenó de espanto. Los clientes respiraron de pronto el tiempo perdido y se agolparon en las escaleras.
Ella estaba apretada contra la barra, incrédula, vuelta hacia mi. "Soy yo", le dije para calmarla, y el terror se le escurrió hasta las piernas. Extendí mi mano para acariciarle el pelo, pero no pude tocarla. En medio de un grito huyó, tropezando con todo, menos conmigo.
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