domingo, 4 de diciembre de 2011

La lluvia y todos los demás

Definitivamente no estaba listo para ver llover. Iba pensando en que se le iban las nostalgias de tiempos pasados y ya ni eso era capaz de producir la más mínima chispa de añoranza.
Parecía que la vida se ocupaba de llenar con el presente lo que tanto buscaba en el pasado y ese sentimiento no era cómodo en absoluto, porque perdía entonces la necesidad de recordar. Pero ese día iba caminando, justo mientras caía en la cuenta de que ya casi no se dedicaba a observar las imágenes de tiempos anteriores, se le vino la impresión de la lluvia del verano pasado de manera violenta y encima de todos los sentidos, atacando todos los tiempos verbales que podía conjugar y dejándolo, a pesar de todo, sin la posibilidad de articular palabar ninguna. Abrió la boca para expresar la hermosura del momento, pero no pudo hacer más que respirar una sola vez de manera apresurada y cayó de pronto en la cuenta de que era suspirar lo que estaba haciendo y que las memorias se encadenaban de manera tal que invocaban a la lluvia y que una vez que cayera la primera gota encima de su piel, sería verdaderamente un milagro si pudiera seguir recordando cualquier cosa, porque el vaivén de la sensación de estar viviendo aquí y ahora y allá entonces era tan brusco que daba la impresión de que el tiempo entero podía meterse y resumirse dentro de el instante mismo que estaba viviendo, aunque no pudiera precisar su ubicación. Pero a pesar del color oscuro de las nubes, no cayó ni una sola gota encima de él hasta que llegó al centro mismo del remolino de su pensamiento, donde se ubicaba la justificación auténtica del propósito de su vida, sin velos y sin disfraces, y desde donde se vertía en todos los sentidos las impresiones aleatorias que acababa cada quien por recibir.
Se dió cuenta entonces, justo antes de que tocara la gota de lluvia su antebrazo, que todos los demás existían en tanto él creía que lo hacían, que los recuerdos eran un lugar complicado del espacio y que era voluntario irse a habitar en ellos, pero que si se elegía hacerlo, se adquiría también la imposibilidad de saber que era éso lo que se estaba haciendo. Que cualquier momento era actual, sin importar si había ocurrido ya o si no ocurrría aún. Y que la lluvia no se compone de agua sino de las lágrimas de toda la gente que se sabe incomprendida y que no tienen otra opción, sino subir y bajar indefinidamente hasta el fin del ciclo del agua, porque la estupidez no es un síntoma que pueda curarse y la falta de entendimiento no se acaba mientras existan conciencias distintas.