lunes, 10 de mayo de 2010

En la cima del mundo.

Dentro del nimbostrato todas las Marías son Magdalenas, todos los nombres hacen referencia al centro de la lluvia y el lenguaje es innecesario, o al menos invisible.
Dos kilómetros y medio debajo de la nube, todas las cosas empiezan a separarse y se vuelve evidente que la luz viene de un único sitio, típicamente lejano. Los cimientos de la Torre de Babel son de agua y las precipitaciones van dando lugar a sus múltiples pisos. Cuanto más cerca del suelo, más vertiginoso resulta poner los pies sobre ellos y más difícil se vuelve comunicarse. Fuera de la nube, la fantasía se llama locura y la mujer se llama de cualquier forma, pero no Magdalena, porque Magdalena cayó subiendo por la Torre y se detuvo aterrorizada a dos centímetros del suelo y vivió desde entonces levitando, con la fe indestructible de experimentar la mayor cantidad de placeres primitivos para purificar primero el alma y llevarse el cuerpo al cielo después. Pero tan pantanoso era el fondo de su fe, que el oxígeno que la elevaba al nimbostrato se gastaba de inmediato en suspiros, y decidió entonces Magdalena renunciar al cuerpo y llamarse niebla, privando a cualquier mujer de la posibilidad de llamarse como ella y confirmando que la gravedad sólo jala a las cosas por el peso su nombre.