jueves, 20 de mayo de 2010

Bailando a contraluz

Hay una costa secreta poco antes de llegar a las islitas. Yo se que la has visto en los días en los que el agua es entre turquesa y transparente, pero dudo que la hayas visto al finalizar el segundo atardecer del día, porque también el segundo atardecer y las carreteras que llevan a él, están ocultos tras de una rendija brevísima de tiempo. Me gustaría llevarte un día, pero te rompería el corazón ver la costa manchada de petróleo.
Me gustaría llevarte, pero ciertamente te quedarías hueca en los latidos cuando vieras las palmeras incendiarse y teñir de rojo el escenario de tus sueños. Seguro que te quedarías clausurada en el placer de respirar cuando vieras las cosas deformarse como se deforman al ras de la arena del desierto o al filo de las llamas. Me encantaría que tomaras conciencia de la artificialidad de la destrucción de la costa que se oculta tras la rendija breve del tiempo que existe al final del primer atardecer, pues de acuerdo a lo que yo vi, el incendio entero es un juego de iluminación, el derroche de la utilería más fina para sumarle intensidad al resplandor del sol que roza el mar; pero no creo que te fuera posible hacerlo, porque lo que yo vi después de reponerme del susto primero fue tu silueta bailando desnuda, adivino, sumida en el trance a contraluz desde cualquier ángulo en que se mirara, comiéndose la claridad que llegaba de todas direcciones y, cualquiera que fuera el aumento en la candela del sol o del incendio, resultaba insuficiente ante el hambre permanente de la voluptuosidad de tu danza, que opacaba todos los alrededores y mantenía en secreto el lugar, quizás, hasta de tu mirada.