lunes, 20 de septiembre de 2010

Soñé en púrpura

Soñé purpúreo otra vez. Dormí sin pensar que me engañaba, porque hacía meses que me había acostumbrado a la idea. Si uno estuviera dispuesto de veras a engañarse tendría que hacerlo bien -pensé esa vez- olvidando hasta el momento en que uno lo decidió. Supongo que lo hice así, porque juro que no recordaba el principio.
Comenzó como hace años, dejando sentir el abrazo del espíritu de una cama querida pero ajena y sintiendo la vida desarrollarse en las habitaciones contiguas. Lo invariante era el desinterés en todo lo que no fuera el sudor que trae la fiebre de extrañar a alguien.
Balanceándome entre la inconciencia y tu recuerdo volví a ver tus encajes violeta y todo el sueño fueron paisajes nocturnos.
Naufragué otra vez en las corrientes de tu pecho y tú, que tienes la propiedad de evaporarte con más facilidad en sueños, te volviste malvada, hada de la noche, y fuiste metiéndote dentro de todos mis poros.
En mi cabeza no había nada más que tus encajes violeta y tu cuerpo entero estaba cada una de mis manos y en tu lengua, nuestra historia como una vereda. Tu piel estaba en llamas porque afuera había relámpagos con luna llena y adentro de ti estaba yo y ahora estaba también alrededor tuyo y estaban tus caderas espolvoreándome entero de tu escencia violeta y acabé con los labios amoratados y entendí que la intención perpetua de las ceniza había sido siempre ser púrpura, pero que no había logrado ganarse el derecho a diseminar por el mundo la incompletitud de la que están hechos los misterios, porque esa era ya tarea de la combinación prodigiosa de tus besos y tu mirada.
Desperté en medio de la noche con cenizas en las manos y tu recuerdo en las papilas. Era tu ausencia la única certeza y quise alcanzarte otra vez en sueños, pero en el viento se sentía la quietud que le seguía a tu silencio y no pude ya volver a dormir.