martes, 5 de octubre de 2010

Creo...

Creo que alcancé a ver tu sombra escurrirse bajo la rendija de luz que queda al filo de la puerta. No siento que hubiera forma de alcanzarla porque el tiempo se encogió en el instante y se extendió en el recuerdo. Creo que tus ojos no habrían sido visibles ni aunque los hubiera tenido en frente. Creo que ya ni tus labios podían igualar el tumulto sordo que se desprendía del desasosiego de tus pasos. Creo que no había sonidos y que no había colores. Creo que no eran mis piernas ni mis manos las que estuvieron tan entumidas como para no poder alcanzarte; creo que era el pensamiento, que empezó a congelarse desde entonces.
Creo sinceramente que me quedé a habitar la imagen estática de tu compañía. Creo que, en el mejor de los casos, deambulo cíclicamente en intervalos cortísimos de tiempos que nos pertenecieron a los dos. Creo que soy incapaz de resumirte porque no he terminado contigo. Creo que sigo sin poder capturar la belleza a primera vista.
Creo que me he desprendido de mi equipaje. Creo que he perdido el abrigo y que arriba se desvanece el techo y da lugar al cielo. Creo sentir la brisa que disuelve tu presencia. Creo que estoy clavado al suelo y que esto es la intemperie.