miércoles, 9 de noviembre de 2011

Las aguas preciosas.

El amor comenzó y terminó la vez en que fueron a nadar juntos a la playa donde se descubrió la suerte en su estado más pobre: una variedad de perlas que habitaban dentro de las conchas fosforescentes que se ocultaban en las raíces del arrecife. Los que poblaban los alrededores ignoraban todavía que las aguas eran engañosas a causa de las perlas que eran en efecto una expresión pobre del placer, pero las consumían y opinaban que era la expresión máxima de éste porque no sabían mentir, y también porque las habían extraído de escasa profundidad.

Aquél día salió ella del agua porque le había sobrado ya algo de sol en la piel y decidó él quedarse porque comenzaba a sentir en los pies el cosquilleo insólito de los agrados que existen sólo en la imaginación de los hombres, pero que venía de una corriente imprevista que ascendía desde el fondo del arrecife. Fue así que mientras ella salía batiendo las piernas por encima del agua, se confundió él con la manera de alcanzar la satisfacción a la que le urgían sus entrañas y en vez de nadar a toda prisa y encontrarla en la orilla, saliendo apenas, le dió por sumergirse sin pensarlo ni media vez, y empezó a sentir la fosforescencia que emanaba el interior de las conchas que poblaban la región donde se une el incipiente talud con la sabrosura de la vida, en el vértice donde convergen las corrientes, las ideas, los deseos y la espuma; ahí de donde son originarios los sueños.

Y ocurrió que comenzó a hallar el delirio multisensorial al hundirse en las aguas perfumadas de la bahía y no pensó nunca en detener la inmersión. El placer parecía entrar por efecto de la presión en sus poros y cada brazada lo aumentaba y cada brazada disminúia a su vez la cantidad de oxígeno que quedaba dentro de sus venas, pero la diferencia de las intensidades de los placeres ganados y perdidos seguía siendo todavía mucho más que nada. Y así, por lo tanto, siguió sumergiéndose en las aguas engañosas de la bahía que se nutrían de las mentes de los que habían perdido ahí la vida, a manos de la belleza estúpidamente creciente de un agua que comenzó siendo por azares de la creación, siendo simple e increíblemente translúcida y con tonos ligeramente añiles se fue destiñendo de color, pero ganando luminiscencia desde el día en que un pez tonto se ensartó un pedazo de coral en el ojo, y desde entonces nació -aunque tonta- la inteligencia y no hizo más que crecer a base del buen gusto que tenían las aguas de la bahía. Ellas lo sabían: ella volvería nadando a buscarlo.