domingo, 8 de agosto de 2010

Entomólgo I (de cómo descubrí a los insectos)

Yo tenía un pabellón amarillo y un guardián que mataba a los insectos. Nadie que no fuera mi propia persona entraba al pabellón: entrar sin ser yo estaba penado con la muerte súbita que causaba el guardián de mi pabellón.
Mi pabellón cedió ante los años y los ataques de los insectos. Pronto comenzaron a entrar mientras mi guardián dormía y mientras dormía yo también. Fueron listos: se metieron en mis sueños.
Mi primera pesadilla fué una araña que se agregaba patas cortándome los dedos. La segunda fue estar colgado de una telaraña que cedía ante la gravedad hirviente del infierno.
En el cumpleaños sexto de mi existencia decidí, de manera inconciente, internarme en sus debilidades. Descubrí así que no tenían esqueleto y que mi guardián no era el único que podía matarlos con las palmas. Me convertí, durante el próximo año, en un asesino de insectos sin alas.
Habrán clamado por ayuda, me imagino. La primera vez que fui gravemente atacado por un insecto con alas fue vergonzosa: la abeja estaba tendida sobre la arenita de una playa que no merece remembranza; tendida e invisible y muerta... y yo la pisé.
Tuve algunos otros encuentros desafortunados en los años posteriores y fui emprendiendo lentamente la retirada.
Sobreentendí que me habían perdonado.